Por Sebastián Schulz* – Tektónicos
A un “póquer tripolar” debe anteponérsele un mundo pluriversal y pluricivilizacional.
El 5 de enero pasado, apenas horas después de la intervención ilegal de Estados Unidos en la República Bolivariana de Venezuela, el Departamento de Estado del país norteamericano publicó en su cuenta de X una consigna que deja expuesta con claridad su visión del mundo y sus intenciones geopolíticas en este nuevo contexto internacional.
Una imagen con fondo negro que muestra a Donald Trump en pose amenazante, con la leyenda “This is OUR Hemisphere” (este es nuestro hemisferio), con la palabra “nuestro” resaltado en rojo. La imagen va acompañada de un enlace que dirige a declaraciones del Secretario de Estado, Marco Rubio, en donde afirma entre otras cosas que “este es el hemisferio occidental. Aquí es donde vivimos, y no vamos a permitir que el hemisferio occidental se convierta en una base de operaciones para adversarios, competidores y rivales de Estados Unidos”. La frase remite a un diagnóstico que señala la necesidad de elevar la defensa hemisférica frente a las supuestas amenazas externas, identificadas particularmente en la creciente relación de Venezuela en particular (y gran parte de los países latinoamericanos y caribeños en general) con China, Rusia, Irán y los BRICS.
Lejos de ser una novedad, esta visión ya está claramente formulada en la Estrategia de Seguridad Nacional de los Estados Unidos (NSS, por sus siglas en inglés) publicada en noviembre de 2025, en donde se señala la necesidad de “garantizar que el Hemisferio Occidental se mantenga razonablemente estable y bien gobernado”. En dicho documento, la mención a “our hemisphere” aparece en seis ocasiones, y recuperar su control es presentado como condición indispensable para la “seguridad y prosperidad” de los Estados Unidos.
En la NSS se sostiene que la política exterior norteamericana prestó demasiada (e innecesaria) atención a conflictos globales que socavaron la capacidad hegemónica de los Estados Unidos, por lo que es necesario “ajustar clavijas” en su patio trasero. El senador republicano por Oklahoma, Markwayne Mullin, señaló explícitamente que “durante 25 años (es decir, incluyendo los dos mandatos de George W. Bush y su viraje hacia Medio Oriente), nos hemos centrado en otras áreas. Ahora estamos enfocados en nuestro patio trasero (‘our backyard’, en el texto original], y así debe ser”. Mullin deja clara la visión estadounidense: “su” hemisferio es su patio trasero.
La reiteración de esta idea por parte de Marco Rubio y otros dirigentes republicanos refuerza una narrativa que intenta presentar al continente americano como una especie de Lebensraum (espacio vital) no solo unificado, sino naturalmente subordinado a los intereses estadounidenses. El concepto de “espacio vital” surge en el marco de la geopolítica clásica, principalmente a partir de los aportes del geógrafo alemán Friedrich Ratzel, quien lo entendía como el área geográfica necesaria para la propia subsistencia de una nación, la autosuficiencia económica, la autodefensa y la seguridad. En este sentido, elbackyard (patio trasero) es parte constitutiva del interés nacional de los Estados Unidos, principalmente de su corriente neoconservadora o continentalista, expresada en el ala más dura del Partido Republicano.
Esa apropiación simbólica se traduce en una supuesta obligación (destino manifiesto) tanto moral como estratégica de Estados Unidos de garantizar la “seguridad” del continente, aun a costa de violar principios básicos del derecho internacional.
Raíces históricas del expansionismo estadounidense
Por supuesto, este discurso no es nuevo, sino que hunde sus raíces en los pilares fundacionales del expansionismo estadounidense: la masacre de pueblos originarios, la invasión de Canadá, la guerra contra México, la Doctrina Monroe, el corolario Roosevelt y la ideología del destino manifiesto. China lo señaló con inusual crudeza en el Libro Blanco “La hegemonía estadounidense y sus peligros” publicado en febrero de 2023, donde afirman que “la historia de los Estados Unidos se caracteriza por la violencia y la expansión. Desde que obtuvo la independencia en 1776, Estados Unidos ha buscado constantemente la expansión por la fuerza”. En 1829, casi 200 años antes que los chinos, Simón Bolivar ya había señalado en su famosa frase que “los Estados Unidos parecen destinados por la Providencia a plagar la América de miserias en nombre de la libertad”.
Desde comienzos del siglo XIX, la consigna “América para los americanos” fue utilizada para construir simbólicamente una unidad territorial y justificar la exclusión de potencias denominadas como “extra hemisféricas” (primeramente las potencias europeas y luego la Unión Soviética), pero también (y, sobre todo) para legitimar la intervención sistemática de Estados Unidos en los asuntos internos de los países latinoamericanos.
El corolario Roosevelt profundizó esa lógica al arrogarse el derecho de intervención preventiva en cualquier país del continente que, según el criterio de Washington, no pudiese “garantizar el orden” puertas adentro. El destino manifiesto, por su parte, dotó a esta política de una dimensión teológica, al presentar la expansión territorial y política de Estados Unidos como una misión histórica inevitable.
La construcción discursiva del “hemisferio occidental” como ámbito de acción exclusiva de Estados Unidos se vincula con su objetivo de consolidarse, tras la independencia, como un Estado continental. Este proceso se inscribe en la visión del establishment norteamericano acerca de los nuevos umbrales mínimos de poder necesarios para proyectar influencia a fines del siglo XIX y comienzos del XX. En este sentido, Giovanni Arrighi los caracteriza como “contenedores de poder”, es decir, unidades territoriales de escala suficiente para ejercer proyección de poder, superando tanto a los Estados-ciudad como a los propios Estados nacionales tradicionales.
Delimitando a Occidente
Tanto en la NSS como en las afirmaciones posteriores de Trump y Marco Rubio, “nuestro hemisferio” hace referencia al “hemisferio occidental”. Ahora bien, qué se entiende por “Occidente” (y nuestra pertenencia al mismo) parece ser más difuso.
Según la conocida tesis de Samuel Huntington en su libro “Choque de civilizaciones”, Occidente es una entidad que incluye principalmente a Europa y Norteamérica, más algunos otros países como Australia o Nueva Zelanda. Según el autor, lo que define a Occidente no es tanto la geografía (estar al oeste de algo) sino la geopolítica (un determinado orden mundial), la cultura y la religión. En este marco, “Occidente” es definido por un conjunto de creencias y valores compartidos, que lo distinguen del resto de las civilizaciones “no occidentales”, entre las cuales se encuentran la sínica, la hinduista, la japonesa, la islámica, entre otras. América Latina y el Caribe, en el pensamiento de Huntington, es definida como una civilización “no occidental”, que entre otras cosas incorpora las culturas indígenas, que “no existían en Europa” y que fueron “eficazmente aniquiladas en Norteamérica”.
A su vez, Huntington afirma que Occidente se caracteriza por la pretensión de universalidad de sus valores, normas y cosmovisiones, lo que la diferencia de otras civilizaciones que no poseen el mismo patrón. De esta pretensión universalista puede desprenderse un patrón histórico de tipo colonialista e imperialista, en la medida en que dichos valores son presentados no solo como propios, sino como válidos para el conjunto de la humanidad, configurando a Occidente como una civilización que justifica su expansionismo imperialista a partir de una supuesta universalidad cultural, política y normativa de sus valores.
Emmanuel Todd en su libro “La derrota de occidente” señala al protestantismo como el elemento cohesionador de la civilización occidental, algo difícilmente aplicable a los países latinoamericanos y caribeños, que si tomamos está dimensión tampoco quedarían incluidos dentro de “Occidente”.
De hecho, según la NSS, Estados Unidos debe salvaguardar la civilización occidental (principalmente Europa) de la avanzada globalista, que pone en crisis los valores tradicionales de la cultura de Occidente. Para el establishment estadounidense, entonces, América Latina y el Caribe es parte del “hemisferio occidental” (“su hemisferio”, una forma edulcorada de llamarle a su “patio trasero”) en términos geográficos, pero no de “Occidente” en términos geopolíticos.
En este marco, Estados Unidos se propone recuperar el control directo del continente americano, excluyendo a todo actor denominado “extra hemisférico”, principalmente China, Rusia e Irán, aunque también podría incluirse a los países europeos (en tanto los mismos se alineen con la agenda globalista), como se visualiza en la disputa por Groenlandia.
Crisis hegemónica y disputa de modelos de orden mundial
La concepción de América Latina y el Caribe como “nuestro hemisferio” refuerza la tesis de las esferas de influencia, propia de la geopolítica clásica, según la cual las grandes potencias se arrogan el derecho de controlar determinadas regiones del mundo. Desde esta perspectiva, América Latina y el Caribe son concebidas como una zona de influencia “natural” de Estados Unidos, y es por ello que sería razonable (y justificable) desplegar acciones directas o indirectas para “echar” a chinos, rusos e iraníes de nuestra región.
Podemos vincular las tesis sobre la existencia de “esferas de influencia” con dos grandes corrientes teóricas. En primer lugar, la tesis de Huntington que sostiene que el mundo actual se caracteriza por la uni-multipolaridad, en la cual Estados Unidos es la única superpotencia global con superioridad militar, tecnológica y de proyección, pero no puede imponer unilateralmente su voluntad en todos los ámbitos. En esta línea, la NSE señala que “nuestras élites (los globalistas) calcularon erróneamente la disposición de Estados Unidos a asumir eternamente cargas globales que el pueblo estadounidense no veía conectadas con el interés nacional (…) lo que debilitó la base industrial de las que depende la preeminencia económica y militar estadounidense”. En este marco, se deja en evidencia el fin del “momento unipolar” que caracterizó al orden mundial en la década posterior a la Guerra Fría, y Estados Unidos reconoce que estamos en transición hacia un mundo más multipolar, en donde además de Estados Unidos operan varias grandes potencias regionales (Rusia, China, Irán, Arabia Saudita, Turquía, Sudáfrica, etc.), con capacidad de equilibrar, limitar o negociar su poder en distintas áreas.
Por otra parte, la tesis del “nuevo póquer geoestratégico tripolar de Estados Unidos, Rusia y China” sostenida por Alfredo Jalife-Rahme entiende que el orden mundial se está ordenando en torno a tres grandes polos de poder con esferas de influencia relativamente definidas. Este enfoque contribuye a reforzar la lectura de América Latina y el Caribe como parte de la “esfera de influencia” de Estados Unidos, al tiempo que naturaliza la caracterización de Rusia y China como actores “extra hemisféricos” en la región.
La reactivación de esta narrativa en el actual contexto no es inocente, y contribuye a una interpretación intencionalmente sesgada del proceso de transición hacia la multipolaridad. Según hemos analizado en escritos anteriores, entendemos que Estados Unidos no enfrenta hoy un mundo uni-multipolar ni hay solo tres grandes polos de poder que se reparten el mundo como lo hicieron los europeos en el Siglo XIX, sino que atravesamos un escenario internacional en el que su hegemonía se encuentra en declive estratégico. La insistencia en retomar el control de “nuestro hemisferio” expresa, en realidad, una reacción defensiva frente a la pérdida de capacidad de control global.
Pirámides, esferas y poliedros: las geometrías del poder en disputa
En este contexto, resulta especialmente sugerente recuperar la mirada geopolítica del Papa Francisco, quien propone un marco analítico para pensar los posibles escenarios futuros. Desde su perspectiva, pueden identificarse al menos tres grandes lógicas en disputa que darán forma al orden mundial en transición. La primera es la lógica de la pirámide, asociada al proyecto neoconservador continentalista estadounidense y a las formas más explícitas del unipolarismo y unilateralismo. Se trata de una concepción jerárquica del mundo, donde una potencia se ubica en la cúspide y el resto de los países son escalones subordinados.
La segunda es la lógica de la esfera, vinculada al globalismo financiero unipolar. Aunque se presenta como más inclusiva y progresista, esta lógica reproduce también una estructura profundamente desigual. Bajo el discurso de la interdependencia y la globalización, se consolidan mecanismos financieros, comerciales, culturales y tecnológicos que concentran el poder en manos de un núcleo reducido de actores del capital transnacional. Ambas lógicas (pirámide y esfera) responden, en última instancia, a dos variantes de un mismo proyecto: el del capital financiero (más nacionalista o más globalista), imperialista y extractivista.
Frente a estas dos alternativas, Francisco propone la lógica del poliedro, una imagen que remite a un mundo multipolar, pluriversal y pluricivilizacional, donde cada cara del poliedro conserva su identidad y su singularidad. No se trata de una simple redistribución del poder entre grandes potencias, sino de un cambio cualitativo en el tipo de relaciones internacionales. Un mundo multicéntrico, basado en la coexistencia pacífica, el respeto mutuo, la cooperación y el beneficio compartido.
Nuestro hemisferio: el Sur
Si entendemos que el mundo multipolar en gestación no se ordena en torno a esferas de influencia, la tesis de que América Latina y el Caribe constituye “our hemisphere” debe ser (tanto teórica como políticamente) profundamente discutida y reformulada. Como mencionamos antes, incluso para las elites estadounidense, nuestra región no es parte del Occidente geopolítico, y la construcción discursiva de un “hemisferio americano” no justifica ni habilita la intervención directa de una potencia imperialista sobre naciones y pueblos soberanos. Tampoco imposibilita el impulso de lazos de hermanamiento y cooperación con otros países emergentes y en desarrollo que actualmente impulsan procesos de insubordinación, más allá de la pertenencia o no a un mismo continente.
La región no comparte con Estados Unidos una historia común, ni una matriz cultural, ni una experiencia geopolítica similar. Por el contrario, los pueblos de América Latina y el Caribe somos herederos de procesos diversos de descolonización, de luchas por la emancipación y de una inserción estructuralmente subordinada en la economía mundo capitalista, algo muy alejado de la experiencia histórica estadounidense.
En términos culturales, históricos y geopolíticos, América Latina y el Caribe es parte estructural del Hemisferio Sur, del Sur Global. Ese es “nuestro hemisferio” y a él pertenecemos. Esta categoría no remite simplemente a una ubicación geográfica, sino a una experiencia histórica compartida de colonialismos, dependencias, saqueo de recursos y subordinación estructural. El Sur Global incluye a África, Asia y América Latina y el Caribe, regiones que han sido sistemáticamente marginadas de los centros de decisión del orden internacional.
Definir qué es el Sur Global implica reconocerlo como algo más que una categoría descriptiva: se trata de un sujeto histórico en construcción, atravesado por contradicciones internas, pero también por intereses comunes y desafíos compartidos. Desde esta perspectiva, nosotros somos parte del Sur Global, y ello supone no solo una posición en el sistema internacional, sino también una responsabilidad política. En el contexto actual, el Sur Global emerge como un espacio de articulación frente a un Norte Global que busca preservar privilegios históricos, ya sea a través de la lógica de la pirámide o de la lógica de la esfera. En este marco, la disputa central del siglo XXI no se estructura en términos de Occidente versus Oriente, sino de Norte Global versus Sur Global.
Frente a este escenario, se vuelve estratégico profundizar la articulación entre los países y regiones del Sur Global, impulsando y fortaleciendo espacios de cooperación e integración como la CELAC, los BRICS, la Iniciativa de la Franja y la Ruta, entre otros mecanismos emergentes. Juntos (y desde el Sur Global) se abre la posibilidad de construir un nuevo Bandung, capaz de actualizar el espíritu de autonomía y cooperación, y de poner en valor la lógica del poliedro: un orden mundial pluriversal, multicéntrico y basado en el respeto a la diversidad, la coexistencia y el beneficio compartido.
Integración regional y disputa geopolítica en el siglo XXI
En este escenario, América Latina y el Caribe aparecen como un eslabón estratégico del declive hegemónico estadounidense. No es casual que la región vuelva a ocupar un lugar central en los discursos de seguridad de Washington. Cuando la hegemonía se debilita, se intensifican los intentos de control. La cooperación creciente con China en infraestructura, comercio y financiamiento; el retorno de Rusia como actor político-estratégico y la articulación de nuevos mecanismos de cooperación Sur–Sur son percibidos como amenazas directas.
Lo que está en juego no es solo la orientación geopolítica de América Latina y el Caribe, sino el sentido mismo del orden internacional en transición. La ampliación de los BRICS, la consolidación de bancos de desarrollo alternativos y la búsqueda de mecanismos financieros que reduzcan la dependencia del dólar expresan una disputa profunda por las reglas del sistema mundial.
En este contexto, la integración regional adquiere una centralidad estratégica. No se trata únicamente de una herramienta económica, sino de una disputa de sentido geopolítico. Proyectos como la CELAC, el MERCOSUR, la UNASUR o el ALBA (con sus limitaciones) representan intentos de construir autonomía colectiva frente a las presiones externas.
La insistencia estadounidense en “our hemisphere” busca, precisamente, bloquear estas dinámicas. Al negar la pertenencia de América Latina y el Caribe al Sur Global, se intenta desactivar su potencial articulación con Asia y África. Se trata de una batalla simbólica, discursiva y política por la identidad geopolítica de la región.
América Latina y el Caribe están llamados a jugar un papel central en la transición hacia un mundo multipolar. La respuesta sobre cual es “nuestro hemisferio” se responde a partir de definir materialmente quienes somos y qué mundo queremos construir.
*Sebastián Schulz, Especializado en China. Integrante del Centro de Estudios Chinos del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de La Plata (UNLP). Investigador del Centro de Investigaciones en Política y Economía (CIEPE) y los grupos de trabajo «China y el mapa del poder mundial» y «Geopolítica, integración regional y sistema mundial» de CLACSO. Docente de la UNLP y de la Universidad Nacional de Lanús. Licenciado en Sociología por la UNLP.
