Stephen Wertheim: «La OTAN debería haberse disuelto cuando desapareció la Unión Soviética»

Por Hernán Garcés* – el.diario.es

El historiador estadounidense es autor del libro ‘Tomorrow, the World: the Birth of US Global Supremacy’, que señala la expansión nazi como el acicate de la idea de que EEUU tenía que liderar el mundo. Es una de las voces críticas de la política exterior de su país.

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El historiador Stephen Wertheim defiende en Tomorrow, the World: the Birth of US Global Supremacy (Harvard University Press, 2020) que la idea de Estados Unidos lideraba el mundo entero fue decisión de un puñado de altos funcionarios y académicos que, ante la ocupación de Francia por Alemania, decidieron que el país entrase en la Segunda Guerra Mundial. Así reescribieron la historia para legitimar un dominio militar mundial indefinido. Tomorrow, the World se puede considerar un libro fundamental para comprender el pasado, el presente y futuro de la política exterior de la potencia militar hegemónica: su presupuesto militar es superior a la suma de los siguientes 11 países que más gastan y hay 800 bases militares fuera de Estados Unidos.

En los últimos años, Wertheim se ha convertido en una de las voces más influyentes en política exterior de Estados Unidos, según ha señalado la revista Prospect. Es cofundador del think tank Quincy’s Institute for Responsible Statecraft. Cuestiona la política exterior de su país en sus artículos en el New York Times, The Washington Post y otros medios. Wertheim atiende a elDiario.es por teléfono desde Washington para hablar de su libro y de varios asuntos de política exterior. 

La Segunda Guerra Mundial marca un antes y un después en la historia de Estados Unidos y su relación con el mundo.

Estados Unidos, desde su fundación, mantuvo la tradición de no involucrarse político–militarmente en Europa y Asia. En su discurso de despedida, George Washington advirtió contra la creación de alianzas en Europa y Asia para centrarse en el Nuevo Mundo del que se veían líderes. Una regla de oro que durante muchas generaciones contó con la aprobación casi universal de diplomáticos y dirigentes estadounidenses durante los siglos XVIII y XIX, hasta la Segunda Guerra Mundial. De su intervención en la Primera Guerra Mundial se arrepintió poco después, tras profundas secuelas, y reforzó aún más su neutralidad. Por esta razón al estallar la Segunda Guerra Mundial Estados Unidos se mantuvo distante, decidido a no intervenir militarmente fuera del hemisferio occidental. Mi libro intenta responder a la siguiente pregunta: ¿por qué la tradición de no intervenir en Europa y Asia no colapsa sino que se expande más allá de lo imaginable hasta nuestros días? 

Si Estados Unidos no intervenía en Europa ni en Asia esta política no la aplicaba en Centroamérica y Sudamérica… 

Que quede bien claro, Estados Unidos procuraba no involucrarse en los asuntos político-militares del llamado Viejo Mundo. Desde luego, no estoy afirmando que fuera pacifista o modesto en el uso de su poder en ningún momento. Estados Unidos consideraba que Centroamérica, Caribe y Sudamérica estaban en el Viejo Mundo, donde no expandía su poder. Para sus responsables políticos Estados Unidos era la potencia dominante y para estos el uso de la fuerza no se consideraba intervencionismo. A raíz de esto, se generó un gran debate, en particular durante los años 20 y 30, sobre el alcance del intervencionismo en Centroamérica y Sudamérica. El resultado de esta controversia fue la Política de Buena Vecindad puesta en marcha por Herbert Hoover y ampliada por Franklin Delano Roosevelt, contrario a las intervenciones militares.

La situación real fue que Estados Unidos expandió su poder de forma espectacular, desde su creación hasta la Segunda Guerra Mundial. Pasó de ocupar el espacio de trece colonias a conquistar territorios a lo largo de Norte América, entrar en guerra con México y convertirse en una gran potencia. Se hizo con Puerto Rico, Filipinas y Cuba. Es una historia de profundo expansionismo, pero, incluso entonces, hubo oposición significativa a la intervención militar, a la mano dura en el hemisferio occidental, hasta la Segunda Guerra Mundial. 

En el imaginario colectivo se considera el ataque de Pearl Harbor como el momento en que Estados Unidos decide entrar en la Segunda Guerra Mundial. Usted demuestra en su libro, leyendo los archivos, que fue la derrota de Francia por la Alemania nazi.

La invasión nazi de Francia conmocionó al mundo. Cambió los análisis en Roma, Tokio, Moscú y Washington, porque nadie esperaba que el ejército entonces más fuerte del mundo, el francés, perdiera una guerra, y, mucho menos, que la perdiera por completo en tan solo seis semanas. Fue un acontecimiento de gran importancia para Estados Unidos que generó un nuevo espectro en la mente de los estadounidenses. ¿Qué significaba para EEUU que las potencias totalitarias, Alemania y Japón, dominaran Europa y Asia? En los meses posteriores a la conquista de Francia se vislumbraba que las potencias del Eje serían capaces de establecer el «nuevo orden» que prometieron al mundo cuando formaron su alianza, en septiembre de 1940. Este escenario sometió a debate cómo resolver los compromisos históricos pasados que ahora entraban en contradicción con la situación en Europa y Asia. 

Usted reproduce el intenso debate entre altos funcionarios y académicos sobre cómo responder a la amenaza de este «nuevo orden mundial». Estados Unidos decidió adoptar una política militar de supremacía global que dura hasta nuestros días. 

Unos quisieron seguir la tradición de no involucrarse y que Estados Unidos se limitase a ser la potencia militar suprema, pero únicamente del hemisferio occidental. Esto significaba que el hemisferio oriental podía caer bajo el dominio de los peores europeos y asiáticos. La alianza totalitaria y militarista dividiría el mundo en dos bloques, y EEUU podría verse privado del libre comercio con el otro bloque. Los responsables políticos y académicos predominantes decidieron que para Estados Unidos era inaceptable reducir su comercio y orden exclusivamente al hemisferio occidental y, para continuar disfrutando del modelo estadounidense liberal a escala mundial y seguir imaginándose un país excepcional que liderase el mundo hacia algo mejor, hacia un futuro al estilo estadounidense, decidió tomar las riendas en Europa y Asia de forma permanente. En resumen, los altos cargos estadounidenses decidieron que Estados Unidos tenía que ser el principal vigilante militar del mundo, no sólo durante la guerra, sino de manera indefinida. 

Usted señala que para la elite política e intelectual era «un reto primordial y una prioridad inmediata» convencer a la opinión pública de EEUU de la necesidad de una hegemonía militar mundial. El resultado ha sido la naturalidad con la que se asume que «si tenemos que usar la fuerza es porque somos América; somos la nación indispensable», como afirmó Madeleine Albright, secretaria de Estado de Bill Clinton.

Desde la Segunda Guerra Mundial los líderes estadounidenses se han dicho a sí mismos, al país y al mundo, que Estados Unidos era profundamente reacio a tomarse el poder y que si lo hacía era por ser inevitable o debido a la identidad del país. Sin embargo, esa no es en absoluto la realidad si examinas a las personas que decidieron la política militar de supremacía mundial. Aquellos sentían que para el estadounidense lo natural era evitar la política de poder, especialmente en Europa y Asia, por lo que habían vivido hasta entonces. Durante toda su historia EEUU trató de evitar la política de poder y promovió formas de propagarlo mediante el comercio, la diplomacia, el derecho internacional y la Sociedad de Naciones. Tras la caída de Francia, la élite de la política exterior decide que no se puede evitar ni trascender el sistema de poder sino que, al contrario, deben entrar en el juego de la política de poder y desempeñar el papel dominante, y su obsesión es saber hasta qué punto la opinión pública y el sistema político estarían dispuestos a aceptar esta opción.

Los archivos desvelan una enorme operación de comunicación para convencer a la opinión pública estadounidense que apoye políticas de supremacía mundial. 

Incluso antes de que Estados Unidos entrara en la guerra, las personas encargadas de planificar la posguerra estaban muy preocupadas de que terminado el conflicto la opinión pública no apoyase la política de supremacía mundial. Fue una gran sorpresa lo que encontré en los archivos. Las élites montaron una gran campaña e importantes acciones con el propósito de que la supremacía global resultara obvia, natural y parte del ADN de Estados Unidos. Fue la principal razón de que los responsables de la política exterior crearan la Organización de las Naciones Unidas. Es muy probable que sin esa preocupación de la opinión pública no hubiese sido creada la ONU tal y como la conocemos.

En esta campaña de comunicación consiguen incluso cambiar el sentido de las palabras y reescribir la historia.

Hay un verdadero esfuerzo por cambiar el significado de lo que significaba ser internacionalista en Estados Unidos Las élites de la política exterior escribieron nuevas narrativas que desdibujan del «aislacionismo» la tradición de no involucrarse, y la contraponen a un concepto nuevo de internacionalismo donde la hegemonía militar de Estados Unidos tiene que ser percibida como requisito indispensable para un mundo mejor.  

Su estudio ayuda a comprender las relaciones actuales entre Europa y Estados Unidos. Creo que una forma de resumir la relación en estas últimas décadas es, como afirmaron en una tribuna Felipe González, Helmut Kohl, Carl Bildt y otros, que «nuestros valores y nuestros objetivos políticos primordiales son los mismos que los de EEUU».

Cada vez es más clara la divergencia entre Estados Unidos y Europa en cuanto a los objetivos políticos mantenidos durante varias décadas. Los propósitos son los que los líderes del momento determinan que son, pero creo que, tanto los estadounidenses como los europeos, se preguntan, cada vez más, si nuestros ideales están en la misma línea y si realmente durante décadas hemos tenido una concepción correcta de lo que es nuestro propio interés. Tanto miembros de derecha como de izquierda estadounidenses se preguntan cuál es el deseo real de ser el principal impulsor de la OTAN en Europa, con bases permanentes, y de los despliegues desde el Oriente Medio al Este de Asia.

Un ejemplo, entre otros, de la divergencia de intereses es Libia. Muchos países europeos, liderados por Estados Unidos, participaron en una guerra por la democracia y el resultado ha sido una catástrofe humanitaria, y desestabilización en el Norte de África. 

No quiero hablar en nombre de los europeos, pero mi sensación es que la participación en guerras como la de Afganistán y, en particular, la de Libia y, por supuesto, la presidencia de Donald Trump, han provocado un verdadero escepticismo sobre si se puede confiar en que Estados Unidos desempeñe un papel constructivo. Cabe preguntarse si los intereses de Europa y de EEUU son tan compatibles como para encerrarlos en una Alianza militar [la OTAN] en la que cada parte da y recibe para mantener la Alianza en funcionamiento. No diría que hay muchos líderes políticos en Europa, en este momento, que estén exigiendo un cambio fundamental en la Alianza, aunque hay agitación, ciertamente en Francia y Alemania. Me interesa bastante ver si la divergencia se amplía en las próximas décadas. Sobre todo porque parece que la OTAN ha llegado al final de cualquier expansión plausible, y la crisis de Ucrania obliga a todo el mundo a pensar mucho más seriamente en las implicaciones de una confrontación con Rusia.

En 1991 James Baker, secretario de Estado de George Bush Sr, propuso una alianza transatlántica de «Vancouver a Vladisvostok». La Unión Europea está comprometida con dicha política. Sin embargo, George Kennan, uno de los diplomáticos más respetados por el establishment de EEUU, afirmó  en 1996 que «la ampliación de la OTAN sería el error más funesto de la política estadounidense en toda la posguerra fría». 

En los años 90 hubo una generación de políticos ingeniosos que no tenían necesidad de lograr equilibrios. Rusia no iba a invadir un país de la OTAN ya que quedó arrasada tras el colapso de la Unión Soviética y sus propios problemas económicos. China seguía siendo un país bastante pobre. EEUU y Europa ampliaron la OTAN pensando que las consecuencias negativas serían quizás nulas. Ahora se requiere un ajuste. Los círculos políticos lo entienden y lo dicen, pero no creo que hayamos llegado a ese punto. Sin embargo, a la hora de enfrentarse a los peligros reales, creo que Europa Occidental no quiere elegir entre comprometerse con Rusia -véase Nord Stream 2- o con China o con Estados Unidos. 

¿Cómo analiza la situación con Rusia? 

El riesgo ahora es que las relaciones se han deteriorado mucho con Rusia y podrían empeorar aún más. Si, por ejemplo, la crisis ucraniana no se maneja bien, se van a presentar disyuntivas perturbadoras para los europeos y estadounidenses, y no tenemos que resignarnos ante esta situación. Es muy importante señalar, que, como dijo George Kennan, la OTAN debería haberse disuelto cuando desapareció su razón de ser, la Unión Soviética. Desde luego no necesitaba expandirse. Rusia ha dejado bien claro, de manera sistemática, que su expansión a países como Georgia y Ucrania, territorios de la antigua Unión Soviética, era una amenaza a Rusia que iba a producir conflictos. Lo dijeron y los hubo: en Georgia y todavía ahora en Ucrania. Estoy realmente preocupado por cómo se van a desarrollar los acontecimientos en las próximas décadas. 

¿Cómo ve la relación entre Europa y Estados Unidos?

Creo que sería mucho mejor que EEUU asumiera un papel mucho más modesto en la seguridad europea. Esto liberaría a los europeos que, hasta ahora, se han beneficiado de la llamada «seguridad barata», para que se responsabilicen de sus propios asuntos. Si no es ahora, ¿cuándo va a ocurrir? Debería haber sucedido en los años 90. Las condiciones no son tan favorables ahora pero tampoco es que sean demasiado inestables. La seguridad barata aportada por EEUU en la que los europeos han estado confiando, ahora no parece tan barata, y creo que eso es lo que realmente está cambiando los cálculos. Ahora es evidente que Estados Unidos tiene problemas con su propio sistema político, y a menudo ha presionado a Europa para que haga cosas que no eran de interés para los europeos ni querían hacer, y lo estamos viendo con Nord Stream 2. Entonces la pregunta es: ¿qué van a hacer los europeos sabiendo que la seguridad barata tiene un precio elevado, y que éste va a aumentar en un futuro próximo? 

Sin embargo en su reciente debate en Die Zeit con la responsable de política exterior del partido verde alemán, Franziska Brantner, ésta ha afirmado que Europa no es capaz en este momento de defenderse sin la OTAN.

Europa es capaz de defenderse por sí misma sin un compromiso de seguridad con EEUU. Desde luego, si ocurre, creo que tendría que haber una transición responsable durante un periodo aproximado de 10 años. Sin embargo, si Franziska Brantner está en lo cierto, el hecho de que Europa no sea capaz de defenderse tres décadas después del colapso de la Unión Soviética dice mucho del continente y significa entonces que está en un estado miserable, que no es capaz atender su propia defensa. El apoyo militar estadounidense desincentiva a países perfectamente ricos y capaces de tomar la iniciativa de gestionar sus propios asuntos. Afortunadamente no creo que la defensa europea esté en tal estado.

Desde Charles de Gaulle, en los años 60, en Europa no hay mucho debate sobre la independencia de su política exterior respecto a Estados Unidos, ni durante la Presidencia de George Bush Jr, en que la CIA practicó detenciones ilegales y torturas en territorio europeo, ni durante la Presidencia de Donald Trump. ¿Cómo se ve desde EEUU? 

Creo que estamos saliendo de una era de despolitización anormal de la política internacional. En las condiciones tan favorables de los años 90, a pesar de la amenaza terrorista, en Estados Unidos y Europa el público estaba desmovilizado en cuestiones de política exterior, no veía realmente que lo que estaba en juego era algo grave y urgente. Lo que hasta cierto punto es bastante racional. No puede ser que los ciudadanos de a pie miren más allá que las personas cuyo oficio es dirigir la política exterior. Creo que estamos avanzando hacia una era de repolitización de las cuestiones de la era de De Gaulle, que van a volver a ser temas de controversia en EEUU y Europa. Va a ocurrir en la medida que el precio a pagar por la seguridad de Estados Unidos aumente. 

Según Antony Blinken, secretario de Estado de Biden, el propósito de EEUU «no es contener a China, retenerla, mantenerla a raya. Es mantener un orden basado en normas que China está desafiando». ¿Qué opina?

Me preocupa esta declaración contradictoria de Blinken. Estoy de acuerdo en que Occidente no debe tratar de contener a China. También considero que hay medidas que Estados Unidos, Europa y otros deberían tomar para combatir ciertas prácticas del país asiático. Dicho esto, me preocupa la opinión de Blinken sobre la existencia de un orden basado en reglas, que Estados Unidos y Europa defienden de alguna manera, y al que se opone China. Es una visión peligrosa. Si esa perspectiva realmente prevalece, si China es vista como una amenaza para el orden, me parece que la implicación lógica que se desprende sería la de contenerle. La forma en la que Blinken caracteriza a China como un peligro al orden basado en reglas recuerda, en términos algo diferentes, a como eran caracterizadas las potencias del Eje durante la Segunda Guerra Mundial o el comunismo soviético en los inicios de la Guerra Fría. 

Según el Pentágono, China es una amenaza militar para la seguridad de EEUU y la OTAN. Antony Blinken llama a Europa a responder juntos ante esta amenaza. ¿Estamos en peligro? 

No considero que China sea una amenaza militar, en este momento, para Estados Unidos ni la OTAN. Sí que lo es para determinadas posiciones militares de Estados Unidos en el Pacifico Occidental, lo que es muy diferente a una amenaza para EEUU, donde sus ciudadanos viven y trabajan.

No creo que muchos europeos vayan a estar de acuerdo con el esfuerzo de Estados Unidos hacia una «segunda guerra fría» y a la división del mundo en dos bloques separados, que se excluyen mutuamente. Es más, muchos líderes europeos, incluso los que apoyan el poder de Estados Unidos y su rol en la OTAN, no quieren elegir económicamente entre EEUU y China. Y a pesar de todo el ruido de la Administración Trump contra China, y de una manera más discreta la Administración Biden, los estadounidenses tampoco. Si que hubo una guerra de aranceles, pero apenas hay movimientos significativos hacia la disociación de las relaciones. La guerra fría con China, como ya he alertado, es preocupante y podría producir la Tercera Guerra Mundial, pero hasta ahora es pura gesticulación y retórica en ambos lados del Atlántico.

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*Abogado, experto en Derecho Internacional en la Universidad de Nueva York