La Jornada y El País
“Maduro madrugó a todos”, opinión del escritor, experto en comunicaciones y periodista José Steinsleger, columnista de La Jornada de México, reconocido defensor de los movimientos sociales de izquierda en América Latina y “Frenar a Maduro”, editorial del diario madrileño El País, periódico que ha asumido frontalmente su oposición al presidente Nicolás Maduro, encabezada en España por el ex primer ministro y ex líder socialista Felipe González.
Maduro madrugó a todos – Opinión de José Steinsleger*
Con la movilización de 3 millones de chavistas el 19 de abril (efemérides de la independencia de 1810, y la más importante en 18 años de revolución), la salida de la OEA el 26 (¡por fin!), y la convocatoria a una Asamblea Constituyente en el Día Mundial de los Trabajadores, El presidente Nicolás Maduro pasó al frente… madrugando a todos.
Chavistas y golpistas quedan descolocados: ¿radicalización del proceso? ¿Fuga hacia adelante? ¿Agua o gasolina al fuego? Como fuere, un gran paso para neutralizar las acciones criminales de una oposición dividida, a la defensiva y políticamente muy poco inteligente, que responde más a fuerzas externas que a internas. Y en todas las agendas de la vida, lo interno determina.
Ni un paso atrás, conservando la iniciativa política. Sin embargo… cuidado con la liviandad ideologista de los discípulos (reciclados) de Vittorio Codovilla, aquel secretario general de los comunistas argentinos, que en días soleados cargaba paraguas por si llovía en Moscú.
No es chicana: un ayatola del marxismo (línea Konstantinov) que oficia de ideólogo itinerante por América Latina, ejemplificó las recientes elecciones en Ecuador como una redición de la batalla de Stalingrado (sic), y nueve a uno que ahora identificará la convocatoria de Maduro con todo el poder a los sóviets. Camarada: ¿sabía que aquel Moscú no existe más, y la bandera del zar ondea en el Kremlin?
Para Vladimir Putin y para Xi Jinping velar por la seguridad de la Santa Madre Rusia y la China milenaria que Mao liberó del feudalismo, es más importante que las alianzas estratégicas con gobiernos populares situados a 10 mil y 15 mil kilómetros de distancia, en el backyard de Estados Unidos. Lo que al fin de cuentas es bueno, pues convalida la necesidad urgente de que nuestros pueblos recurran a las grandes lecciones de su propia historia y de sus propias fuerzas emancipadoras.
En principio, el momento parece idóneo para afrontar de una buena vez qué debemos entender por revolución, lucha de clases, democracia. Las burguesías de Venezuela y América Latina ya no tienen los políticos de otras épocas: un Rafael Caldera, un Alan García, un Raúl Alfonsín, un Rodrigo Borja, un José López Portillo, etcétera. No lo digo en términos felices. Digo que eran tipos cultos con los que se podía hablar, contraer compromisos y que, a su modo, defendían ideas.
¿Qué tenemos hoy? Nuestra América guarda diferencias sustantivas con las del decenio de 1960 y 1970, cuando los políticos adherían a ideologías más o menos coherentes (conservadores, liberales, socialdemócratas, nacional-desarrollistas, demócrata cristianos, socialistas).Y si los años de 1980 y 1990 fueron nefastos, alzamientos como el de Chávez el 4 de febrero de 1992, y el EZLN el primero de enero de 1994, advirtieron que los pueblos no estaban dispuestos a ser devorados por el Consenso de Washington.
En Argentina tenemos a Mauricio Macri, en México a Felipe Calderón y a Enrique Peña Nieto, en Perú a Alejandro Toledo y Pedro Pablo Kuczynski, en Brasil y Paraguay a Michel Temer y Horacio Cartes, y en Chile a una señora presidenta indigna de su apellido que, posiblemente, le devuelva el poder al magnate Sebastián Piñera, que se lo prestó hace cuatro años.
Mientras en la oposición democrática de Venezuela tenemos a golpistas y golpeadores, como Henrique Capriles y Leopoldo López, y en Colombia al ex presidente paramilitar, narco y asesino serial Álvaro Uribe Vélez. Por no hablar del presidente Juan Manuel Santos, Nobel de la Paz 2016 (sic), y asesino intelectual de Verónica Natalia Velásquez Ramírez, Soren Ulises Avilés Ángeles, Juan González del Castillo y Fernando Franco Delgado, jóvenes mexicanos que en Sucumbíos (Ecuador), dieron su sangre por la Patria Grande.
¿Qué se puede hacer con esa suerte de lumpen-política, a no ser derrotarla en las urnas? Ya no se trata de que hayan convertido el Estado en botín para sus negocios, que persigan a las fuerzas democráticas, que subordinen la política a la economía, que no defiendan la soberanía, que se caguen en la sociedad. Hasta los llamados al diálogo del papa Francisco los enerva y, a este paso, el que proponga dialogar será visto como terrorista peligroso.
Lamentablemente, la parafernalia izquierdista al uso continúa enajenada a lecturas geopolíticas, extrapolaciones históricas y paradigmas ajenos al mundo que vivimos. Un mundo cautivo del anarcocapitalismo que impera en las corporaciones económicas trasnacionales y que, por lo que vamos viendo, atenta no sólo contra la revolución bolivariana, sino que empieza a doblarle el brazo al horrible Donald Trump.
Ignoramos adónde va Maduro con su convocatoria. No obstante, aunque su lenguaje huela a rancio o al de las izquierdas de hace medio siglo, hay que cerrar filas contra los golpistas de afuera que, por ahora, son los más peligrosos. Y que, a más de oler a rancio también, huelen a sangre. Cosa que para Washington y los grandes medios hegemónicos, tiene más rating que la defensa de la democracia.
*Escritor y periodista argentino residente en México. Miembro fundador de la Federación Latinoamericana de Periodistas (FELAP, 1976), de la Agencia Latinoamericana de Servicios Especiales de Información (ALASEI-UNESCO, 1984) y del movimiento “En defensa de la humanidad” (México, 2003). Desde 1996 mantiene una columna fija en el periódico mexicano La Jornada. Autor y co-autor de algunos libros sobre la coyuntura política de América Latina.
Frenar a Maduro
Editorial – El País
La comunidad internacional debe actuar contra el régimen venezolano
En lugar de liberar a los presos políticos, convocar elecciones presidenciales y dar así una salida democrática a la crisis institucional que vive Venezuela, el presidente Nicolás Maduro ha decidido dinamitar el orden constitucional de su país. Fracasado su empeño en despojar de sus poderes a la Asamblea Nacional, Maduro quiere ahora dotarse de una legalidad a su medida en la que no quepa ninguna oposición a su régimen.
Con su amenaza de ruptura definitiva con el orden constitucional vigente, Maduro coloca a Venezuela ante la disyuntiva más dramática de las últimas décadas. Usando su habitual lenguaje incendiario, el mandatario venezolano plantea a los ciudadanos que la alternativa a sus planes es la confrontación. Su apelación —criticada incluso desde el chavismo— a entes sin fundamento jurídico alguno como “los poderes originarios” y la delirante definición de un proyecto constituyente en el que participarían 500 “representantes de la comunidad” que nadie sabe cómo se elegirían (aunque sí a quién servirían) dibujan a un presidente decidido a convertir a su país en una dictadura con él al frente.
La soberanía popular de Venezuela está representada de forma legítima por la Asamblea Nacional, elegida democráticamente en diciembre de 2015 y en la que la oposición tiene una mayoría incontestable. Maduro ha tratado por todos los medios —legales e ilegales— de privarla de su derecho y obligación de legislar. Su mandato no puede ser anulado con el pretexto de convocar un proceso constituyente. Y la Constitución venezolana —impulsada por el propio Hugo Chávez— no puede ser anulada por la mera voluntad de un gobernante acorralado, incapaz de lidiar con la crisis económica y sin ningún diálogo con la oposición.
Durante más de un año, Maduro ha dejado escapar oportunidades que no solo hubieran supuesto una buena solución para Venezuela, sino que incluso le hubieran permitido salir airoso de la situación. Ha despreciado los llamamientos, intermediaciones y buenos oficios de personalidades, organizaciones y Estados que se han ofrecido a colaborar en la consecución de un acuerdo con esa mayoría de venezolanos a los que él pretende dejar al margen de la ley. Incluso ha despreciado e ignorado la tremenda penuria de su pueblo mediante el recurso a inconsistentes promesas imposibles de cumplir.
Ni la comunidad latinoamericana ni la europea pueden consentir que Maduro y sus colaboradores acaben con la Constitución, la Asamblea y, por tanto, con la democracia y las libertades de los venezolanos. Tanto la OEA como la Unión Europea deberían advertir al régimen venezolano de las serias consecuencias (incluyendo la posibilidad de imponer sanciones, como la prohibición de viajar y la congelación de activos en el extranjero) a las que se exponen sus dirigentes si deciden seguir por ese camino. Y España, como puente y representante de los valores democráticos que hermanan a ambos continentes, debería implicarse a fondo en la supervivencia de la democracia en Venezuela.
