Venezuela, un país en vías de desaparición

Por Roberto Savio*

Dos mundos irreconciliables

Escribir sobre Venezuela se ha vuelto extremadamente difícil. El país se ha polarizado tanto que solo quedan dos versiones. Una, que el gobierno ha sido tan perjudicado por las sanciones y otras medidas punitivas introducidas por la administración de Trump y sus aliados (más de 50 países y la Unión Europea), que la economía se encuentra estrangulada, con un impacto social y económico devastador. La otra, que el gobierno es en realidad una dictadura, que ha creado un desorden administrativo, destruido la economía y sobrevive solo gracias al apoyo de los militares, corrompidos por el gobierno. Estas son dos simplificaciones que usamos en aras de la brevedad. Intentemos ver la situación desde la distancia.

Venezuela acaba de vivir dos acontecimientos importantes y contradictorios. El primero fue la elección del nuevo parlamento, elecciones que fueron abandonadas por la mayoría de la oposición por considerarlas fraudulentas.

La Unión Europea (UE), los Estados Unidos y otros países también adoptaron esa posición. La UE trató de mediar, ofreciéndose a servir como observador electoral, pero el gobierno no aceptó un aplazamiento, y la UE declaró que no tenía el tiempo necesario para prepararse. Los pocos observadores que estaban allí afirman que las elecciones fueron justas, pero todo esto se ve como parte del juego del gobierno. El partido en el poder ganó fácilmente una gran mayoría de los escaños y ahora el grueso de la oposición quedó fuera del parlamento porque no se presentó.

La segunda fue que la oposición organizó una contra consulta, en la que los ciudadanos podían expresar sus opiniones sobre el gobierno vía Telegram, a través de una página web y de una aplicación. En la consulta, que contó con la participación de la diáspora venezolana (según la ONU, cinco millones de personas han abandonado el país de una población de 29 millones), los ciudadanos expresaron su rechazo al gobierno en un 99.9%.

Las cifras oficiales de las consultas de ambas partes muestran que las elecciones legislativas atrajeron un total de 6.2 millones de votantes, 70% de los habilitados, mientras que la consulta atrajo 6.4 millones de votantes, lo que significa que el índice de abstención en ambas fue muy similar.

En la medida en que esos resultados son reconocidos por cada lado, veámoslos en detalle.

Dos datos emergen claramente: el país se encuentra polarizado en dos mitades y la abstención está muy por encima del número de votantes. ¿Cuánta legitimidad usted obtiene de la expresión de un tercio de los ciudadanos?

Uno de los pocos sondeos independientes disponibles, de la empresa Datanalisis, realizó una encuesta exhaustiva sobre el sentimiento de los votantes, aunque con la muestra más pequeña aceptable de entrevistas: 1,000.

Para empezar, la opinión general de los venezolanos sobre su país es negativa (92%) y tienen una visión muy negativa de sus líderes políticos. Un impresionante 81% tenía una visión negativa del presidente Nicolás Maduro (contra el 37% de Hugo Chávez, que inició el actual proceso de la Revolución bolivariana, y pasó la antorcha a Maduro, cuando murió en 2013). Pero a nadie de la oposición le fue bien. Juan Guaidó, el presidente del Parlamento (institución que fue sustituida por una Asamblea Popular paralela creada por el gobierno y que declaró a Guaidó presidente de la República con el apoyo de los EE. UU. y otros 50 países), recibió un decepcionante 67% de opiniones negativas. Muy cerca se encontraba la líder de la oposición radical, María Corina Machado (que pidió una intervención militar de los EE. UU.), con un 65%.

Las otras figuras principales lo hicieron aún peor. Hernán Falcón fue visto negativamente por el 86% de la muestra, Enrique Capriles por el 77% y Leopoldo López por el 71%. Curiosamente, al mismo tiempo, el 64% de los encuestados tenía una opinión negativa de Donald Trump.

Igualmente desalentadoras fueron las opiniones sobre las diferentes instituciones. La Asamblea Nacional, presidida por Guaidó, alcanzó solo un 31% de opiniones positivas. El Consejo Nacional Electoral (cercano al gobierno) tenía solo el 25%, al igual que los partidos de la oposición. El ejército recibió una limitada aprobación del 19%, igual que el Partido Socialista Unido (PSUV), el partido del gobierno.

En la encuesta, realizada justo antes de las elecciones, el 60% de la muestra afirmó que no estaba interesada en votar contra el 34% que sí lo estaba. En cuanto a la consulta organizada por la oposición, el 71% de quienes respondieron aseguraron no estar seguros de participar, mientras que solo el 21% estaba dispuesto a hacerlo. Cuando se les preguntó sobre su confianza en los resultados, el 61% no tenía ninguna en comparación con el 20% que dijo que sí confiaba.

Para entender esta situación, necesitamos un resumen extremadamente abreviado e incompleto de la historia reciente del país, que ha sido oscurecida por el debate de los últimos tiempos. Aquellos que no estén interesados en las raíces de la situación actual, pueden saltarse los siguientes doce párrafos.

Venezuela había sido dirigida por una cadena de dictadores, hasta que el último, Marcos Pérez Jiménez, fue depuesto en 1958. Dos partidos, el Demócrata Cristiano Copei, bajo el liderazgo de Rafael Caldera, y el Social Demócrata Acción Democrática, bajo el liderazgo de Carlos Andrés Pérez, se alternaron en el poder a partir de ese momento. Ambos partidos desempeñaron un importante papel internacional y modernizaron el país. Pero, aunque hubo un aumento significativo de la clase media y una nueva élite de empresarios y comerciantes, ninguno de ellos eliminó la pobreza. Hugo Chávez, un joven oficial militar, que se inspiró en los golpes militares progresistas de Perú, Panamá y Portugal, intentó un golpe de Estado contra Carlos Andrés Pérez en 1992, por lo cual fue encarcelado. En 1994, Caldera fue elegido y liberó a Chávez porque era muy popular entre los pobres, y el golpe se justificó con la «necesidad de enfrentar la situación de hambre y miseria en Venezuela». Chávez decidió participar en las elecciones de 1998, en las que obtuvo el 56% de los votos con una participación del 63% de los votantes, derrotando a Copei y a AD, que se unieron en torno a un solo candidato. Chávez se embarcó entonces en un proceso de reformas constitucionales. En abril de 1999, convocó un referéndum nacional para cambiar la Constitución y obtuvo un 88% de aprobación. Luego convocó a elecciones en julio para la Asamblea Constituyente, donde obtuvo el 95% de los votos. La nueva asamblea asumió el poder de abolir las instituciones gubernamentales, luchar contra la corrupción heredada de los gobiernos anteriores y revisar el sistema judicial. La Corte Suprema dictaminó que la Asamblea tenía la autoridad para llevar a cabo reformas y fue reemplazada por el Tribunal Supremo de Justicia.

En diciembre de 1999, Chávez convocó un nuevo referéndum para aprobar una nueva Constitución. Pero esta vez la tasa de abstención fue superior al 50%… incluso con el 72% de los votantes a favor. La nueva constitución le dio al presidente poderes mucho más amplios y un mandato de seis años. También les otorgó un papel a los militares, expresamente prohibido en las constituciones anteriores. Chávez ahora tenía el apoyo de los tres poderes del Estado.

Siguiendo la nueva Constitución, Chávez se presentó a la reelección y recibió el 60% de los votos, más que en las elecciones de 1999. Para entonces, estaba claro que su electorado provenía básicamente de los sectores más pobres de la sociedad venezolana. Ese año, Chávez negoció una alianza oficial con Cuba a través de la cual Venezuela proporcionaba a Cuba 90,000 barriles de petróleo al día a cambio de 40,000 médicos y maestros, además de muchos reemplazos a funcionarios en varios sectores, incluyendo la inteligencia. Este proceso incrementó la lucha de la oposición, que se volvió particularmente virulenta con la aprobación por parte de la Asamblea Nacional electa en el año 2000 —con 101 de los 165 escaños ocupados por los chavistas—, de 49 decretos sociales y económicos, incluyendo la nacionalización de la industria petrolera, el sector vital de la economía del país.

En enero de 2001, la oposición comenzó a actuar como una fuerza unida. Organizaron una exitosa campaña contra la publicación de libros de texto con un fuerte sesgo gubernamental. Luego, a finales de 2001, la oposición, los poderes corporativos, los medios de comunicación y los sectores industriales formaron la Coordinadora Democrática (CD), punto de partida de la división que vivimos hoy. La división fue social: los pobres con Chávez y las fuerzas tradicionales con la CD. En 2002, la oposición pudo dar un breve golpe y deponer a Chávez, pero las manifestaciones populares a favor de Chávez lo devolvieron al poder.

En 2004, la oposición convocó un referéndum revocatorio, contemplado en la nueva Constitución. Chávez ganó, con una tasa de participación del 70%, de los cuales el 59% decidió mantener al presidente en el poder.

A partir de ese momento, las dos fuerzas se radicalizaron. Chávez comenzó a proclamar el «socialismo del siglo XXI», alejándose de la anterior línea bolivariana, que no era ideológica sino progresista de manera general.

Luego, en las elecciones presidenciales de diciembre de 2006, Chávez ganó con el 63% de los votos y una tasa de participación del 74%. Las elecciones fueron reconocidas como libres y legítimas por la Organización de Estados Americanos. Tras la victoria, Chávez prometió una «expansión de la revolución». Y a partir de ahí, procedió a adoptar una serie de medidas para poner en práctica una línea de acción socialista, con la correspondiente reacción de la oposición, considerada una amenaza para la revolución.

Chávez se postuló por cuarta vez en octubre de 2012 y ganó con una porción más baja de los votos, el 55.1%. Debía prestar juramento en enero de 2013, pero nunca logró hacerlo pues murió de cáncer en marzo, a la edad de 58 años. Fue sucedido por su vicepresidente, Nicolás Maduro, a quien designó expresamente como su sucesor, como presidente provisional.

Las elecciones presidenciales se celebraron en abril de 2013: Maduro obtuvo el 50.61% de los votos, y su oponente, Enrique Capriles, el 49.12%. Capriles pidió un recuento, con el apoyo de Estados Unidos, Francia, España, Paraguay y el Secretario General de la Organización de Estados Americanos, José Miguel Insulza. Finalmente, en junio, el Consejo Nacional Electoral anunció que había finalizado el recuento y confirmó el resultado de las elecciones en medio de muchas reacciones de la oposición.

Al año siguiente, 2014, la oposición organizó una campaña por «la salida» del gobierno. Uno de sus líderes, Leopoldo López, fue encarcelado y hubo una gran protesta que terminó con 43 muertos y 486 heridos. Este hecho ha sido considerado, generalmente, como el final de cualquier posible diálogo.

En 2017, el Tribunal Supremo de Justicia (TSJ), decidió asumir las funciones de la Asamblea Nacional y ampliar el poder del presidente, lo que fue seguido por grandes manifestaciones de protesta, con la oposición declarando que nunca dejaría de movilizarse hasta lograr la renuncia de Maduro.

En 2018, en una ceremonia en la Guardia Nacional Bolivariana, un dron explotó mientras Maduro hablaba. Él no sufrió daños, pero siete guardias fueron heridos.

Finalmente, a principios de 2019, Maduro estaba a punto de comenzar su segundo período presidencial, 2019-2025. Sus elecciones fueron consideradas ilegales por la oposición, porque varios candidatos clave habían sido descalificados, lo que condujo a grandes manifestaciones. Finalmente, tres candidatos participaron y el resultado oficial fue un nivel de participación del 46.07%, con Maduro ganando el 67.84% de los votos. La Asamblea Nacional declaró entonces que Maduro estaba usurpando su posición y nombró a Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Nacional, como presidente interino. Los Estados Unidos lo reconocieron de inmediato, seguidos por otros 50 países. Maduro pidió entonces la renovación de la Asamblea Nacional, que se celebró el 6 de diciembre, sin la participación del grueso de la oposición, y que ahora está compuesta básicamente por «chavistas». Guaidó ya no es más el presidente de la Asamblea Nacional y, por lo tanto, perdió la base con que contaba para su proclamación como Jefe de Estado. Así, ha convocado a una consulta, con la misma participación electoral que la organizada por el gobierno. La salida de Trump en los EE. UU. podría traer algunos cambios, aunque es poco probable.

Y, así, llegamos a la situación actual y dejamos atrás nuestra excursión histórica. Al final de estos 20 años de historia, está claro ahora que estamos ante dos mundos irreconciliables. Uno, con la intención de cambiar el país, y el otro, resistiéndose al cambio. Los dos bandos están lejos de ser totalmente homogéneos. En el campo revolucionario, también hay gente que está interesada en usar el poder para beneficio personal. La corrupción, un problema estructural de América Latina (y de grandes partes del planeta), es endémica en Venezuela. Chávez llegó al poder con la lucha contra la corrupción como uno de sus puntos contra los gobiernos de Caldera y Carlos Andrés Pérez. Según Transparencia Internacional, Venezuela ocupa ahora el puesto 173 de 80 países en su índice de corrupción. Los militares, que Chávez trajo de vuelta como uno de los pilares del Estado, apoyan al gobierno por varias razones, algunas de ellas lejos de ser revolucionarias. Lo mismo ocurre con la oposición. Lejos de estar unida, las personalidades desempeñan un papel muy importante y hay quienes comparten la preocupación social por los sectores más pobres de la sociedad y otros que luchan contra la mera mención del socialismo. Lo que es cierto es que todos los intentos por abrir un diálogo, incluso bajo el patrocinio del Vaticano, no han llegado a ninguna parte.

Y esto nos lleva a hacer algunas consideraciones a largo plazo. ¿Dónde está Venezuela ahora? En una situación dramática. El gobierno dice que esto se debe a una «guerra económica» que los EE. UU. y la oposición están organizando. Y la oposición atribuye la crisis a errores y a la mala gestión del gobierno. El hecho es que un informe de la ONU estima que el 94% de los venezolanos están en la pobreza o al borde de ella. Según ese informe, dice Reuters, el 75% de la población venezolana ha perdido un promedio de más de 8 kilos. El Fondo Monetario Internacional calcula que el PNB se ha reducido a más de la mitad y la ONU considera que la tasa de criminalidad es la segunda del mundo, mientras que la seguridad se ha convertido en una de las mayores preocupaciones de los venezolanos. La vida se ha transformado en un reto diario y la situación continúa deteriorándose. Cinco millones han abandonado el país, con un gran porcentaje de cuadros profesionales, pero también muchos criminales, que encuentran el país demasiado pobre…

Todo esto está profundamente ligado al precio del petróleo, la sangre vital del país. Venezuela tiene las mayores reservas de petróleo del mundo. En 2008, fue el décimo productor, con 2,394,020 barriles por día (BPD), y el octavo mayor exportador de petróleo. Chávez nacionalizó la producción de petróleo, concentrando todo en PDVSA (Petróleos de Venezuela S.A.). En 2002, durante las protestas opositoras, la dirección de PDVSA hizo una huelga de dos meses. Chávez despidió a 19,000 empleados en huelga y los reemplazó con los que pudo encontrar, pero que fueran leales a la revolución. Esto significó una tremenda pérdida de competencias, acompañada del uso de PDVSA como fuente de financiamiento de los muchos proyectos sociales que se estaban llevando a cabo. El precio del petróleo se puso muy alto, casi el triple que el actual. Pero la proporción de inversiones en la compañía era mínima y, en 2019, un creciente problema de mantenimiento redujo la extracción a un tercio de millón de BPD, el nivel más bajo en 75 años. Sin embargo, un factor importante han sido las sanciones de EE. UU., que son objetivamente un factor paralizante para la economía venezolana y para la importación de alimentos (las importaciones son del 70%), medicinas y de cualquier otro producto. En 2020, según Kepler Analytics, la producción de petróleo podría caer de un estimado de 800,000 BPD a 600,000. Mientras tanto, la capacidad de las refinerías ha disminuido y Venezuela está importando 155,657 BPD de combustible y diluyentes de nafta. Y ahora hay largas colas para reabastecer de combustible, lo que hace la vida diaria aún menos tolerable.

Para reiniciar la industria, además de eliminar las sanciones de EE. UU., se requieren grandes inversiones. Estas nunca vendrán como parte de un programa humanitario, pues el petróleo se está convirtiendo en una bestia negra para la cooperación internacional, por lucha contra la tragedia climática. Pero la Agencia Internacional de la Energía asegura que, probablemente, todavía quedan 40 años de uso del petróleo, entre otras cosas por el aumento y la mayor duración de la vida de la población mundial. Pero, como las compañías petroleras no son exactamente instituciones filantrópicas, negociarán acuerdos desde una posición de fuerza que no será lo ideal para Venezuela… y esta ventana de tiempo se reduce cada día.

En otras palabras, Venezuela es un país en vías de desaparición. Ninguno de los dos bandos puede superar al otro. Trump y su política del «gran garrote» se han ido. Pero el conflicto venezolano, como todos los que duran más que un flashazo, se ha internacionalizado. La oposición puede contar con los Estados Unidos y con una mezcla de países que están en contra de cualquier experiencia socialista, como Colombia y otros países conservadores. Pero también con países como los que, en Europa, se preocupan por las medidas autoritarias que conlleva la defensa de la revolución, la violación de los derechos humanos, la brutalidad policial, etc. El gobierno de Venezuela cuenta con una coalición de países que tratan de desinflar el poderío americano: China, Rusia e Irán, que siguen comerciando con petróleo e invierten en la explotación de metales preciosos y minerales en el riquísimo subsuelo.

La pregunta es: ¿están esos poderes realmente interesados en el pueblo venezolano? Porque las dos últimas consultas populares han mostrado desilusión, distanciamiento y rabia. ¿Hay alguna posibilidad de que se logre algún tipo de unidad nacional para relanzar el país? No es probable. También porque la pobreza está aumentando y no puede haber paz social regresando a la situación anterior a Maduro. Pero el 70% de los ingresos del Estado provenían del petróleo… así que el financiamiento de los programas sociales requiere de una clara voluntad política, tal vez un lujo, que la oposición no ha anunciado explícitamente.

Hay al menos 15 millones de venezolanos que no participaron en los últimos procesos electorales; gente que está luchando por sobrevivir, y que ahora depende de programas de alimentación y otros subsidios de un gobierno que se encuentra en medio de una lucha por la supervivencia. Los servicios públicos, el agua, la electricidad, el petróleo, los hospitales y las escuelas están en crisis. Los dos bandos seguirán buscando la derrota del otro. Venezuela se polariza más y más, mientras la encuesta de Datanalisis muestra que el 13% de las personas afirma que su principal sentimiento es la rabia. ¿Cuántas generaciones serán necesarias para sanar a ese país y a su gente? Una población cálida, feliz y alegre, que ahora está sumida en una existencia terrible… esto no es solo una tragedia para la hermosa gente de Venezuela, es una tragedia para la humanidad.

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— Artículo publicado por Wall Street International el 21 DICIEMBRE 2020 y distribuido por OtherNews el 22.12.2020— 

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*Presidente de Other News, el ítalo-argentino Roberto Savio es economista, periodista, experto en comunicación, comentarista político, activista por la justicia social y climática y defensor de una gobernanza global anti neoliberal. Director de relaciones internacionales del Centro Europeo para la Paz y el Desarrollo. Cofundador, en 1964, y  actual  Presidente Emérito de la agencia de noticias Inter Press Service (IPS), que dirigió durante más de cuatro décadas.