Por Zainer Pimentel – El Salto
Ante la victoria aplastante de Flávio Bolsonaro en la primera vuelta, la gran pregunta que queda es si la extraordinaria capacidad política de Lula puede movilizar a la sociedad brasileña para conseguir una difícil remontada en un terreno de juego tan adverso.
El final del recuento total de los votos de las elecciones del 4 de octubre no pudo haber sido más catastrófico para la izquierda brasileña. El resultado supuso una derrota contundente del actual presidente de la República, Lula da Silva, con 53.879.538 votos (un 45,16%) contra el candidato de la oposición Flávio Bolsonaro, con 56.104.503 votos (un 47,03%).
Sin embargo, el drama no había llegado a su final con la disputa presidencial, todo empeoró aún más con la derrota abrumadora de los candidatos aliados del Gobierno en todos los ámbitos que se presentaba a la disputa electoral: en la gobernanza de la mayoría de los Estados de la Federación, en la Cámara de los Diputados y en el Senado de la República.
La segunda vuelta de las presidenciales se realizará el 25 de octubre, una convocatoria marcada por la desventaja numérica de partida del actual presidente. Un hecho aparentemente inesperado, que llevó al Gobierno a ajustar su caótica campaña electoral en la recta final de los comicios. La derrota de las fuerzas progresistas en la presidencia supondría el control total por parte de la extrema derecha política de los resortes internos y externos de la política del país.
Estaría en riesgo no solo la soberanía nacional, que pasaría a ser tutelada por los EEUU, sino también toda la arquitectura constitucional diseñada en 1988 que ha garantizado, con todas sus imperfecciones, el cambio de la vieja dictadura fundada en 1964 hacia la joven democracia brasileña.
Apenas dos días después de la victoria en la primera vuelta el candidato Bolsonaro, que obtuvo tanto en la Cámara de los Diputados como en el Senado una mayoría suficiente para llevar a cabo una reforma de la Constitución, se apresuró a avisar que emprenderá una profunda reforma en el texto constitucional para, según él, democratizar el país.
En un giro del lenguaje orweliano, típico de los seguidores del gurú extremista estadunidense Steve Bannon, la palabra ‘democracia’ aquí significa en boca de Bolsonaro el control total de las instituciones republicanas para beneficio de su grupo de poder. Lo que desea el joven aspirante a presidente es reformar la Carta Magna para retroceder al país a los sótanos del régimen dictatorial, como ya le hubiera gustado a su padre, el expresidente Jair Bolsonaro, admirador del coronel Carlos Alberto Brilhante Ustra, jefe de los torturadores del Destacamento de Operações de Informações – Centro de Operações de Defesa Interna (DOI-CODI) de São Paulo en la dictadura militar.
La debacle en la Cámara de los Diputados fue aplastante para los sectores progresistas de la sociedad. El Partido Liberal (PL) obtuvo 121 escaños frente a los 70 del Partido de los Trabajadores (PT). Pero eso no es todo, otros partidos de la oposición conservadora obtuvieron buenos resultados: el partido União Brasil, 46 escaños; el PSD, 43; los Republicanos, 41; el Podemos, 27; el Novo, diez; el Avante, cinco; el Solidariedade, dos, y el Missão, uno. En total, la derecha suma 296 asientos de los 513 del total de la Cámara Baja. Mientras que la suma del PT con partidos progresistas y otros más pequeños del centro político reúnen sólo 217 asientos.
Los diputados que reunieron más apoyos en estas elecciones fueron los jóvenes extremistas Nikolas Ferreira, de Minas Gerais y Lucas Pavanato, de São Paulo, cada uno con cerca de tres millones de votos. Ferreira es hijo de un pastor evangélico y Pavanato es un político proveniente de la iglesia neopentecostal, ambos con fuerte presencia en las redes sociales, con más de tres millones de seguidores cada uno sólo en Instagram. Tanto la presencia en redes como el credo religioso fueron factores determinantes para los buenos resultados de los candidatos bolsonaristas.
La fortaleza de la extrema derecha en el Senado Federal es otro hecho irrefutable. La cámara fue renovada en dos tercios. El tercio restante queda a la espera de las elecciones que se realizarán dentro de cuatro años. En 1 de enero de 2027 entrarán dos representantes por cada Estado y el Distrito Federal, un total de 54 nuevos senadores, sobre un total de 81. Otra vez, el PL de Bolsonaro venció y se ha quedado con 28 escaños. Le siguen el PT con nueve asientos; el MDB, con ocho; el PP con seis; el União Brasil, con seis; el PSD, con cinco; el PSB, con cuatro; el NOVO, con tres; Podemos, con dos; el PSDB, con dos; el PDT, con uno; la Rede, con uno, y un senador sin partido.
Para el clan Bolsonaro la política es una cosa de “famiglia”. Además del candidato a la presidencia, su apellido es omnipresente en las papeletas electorales del parlamento brasileño. La mujer del expresidente, Michelle Bolsonaro, sacó una escaño en el Senado por Brasilia; su hijo Carlos Bolsonaro sacó la suya por Santa Catarina, aunque él jamás haya vivido en este Estado del Sur de Brasil. Renato Bolsonaro y Jair Renan Bolsonaro, respectivamente hermano e hijo del expresidente, lograron sus asientos en la Cámara de los Diputados en Brasilia.
Sin embargo, el caso más aberrante de la disputa en el Senado, que retrata muy bien la degradación de la política brasileña, no muy diferente de nuestros vecinos latinoamericanos, es el del exconsejero de seguridad pública de São Paulo, Guilherme Derrite. Derrite fue elegido como el senador más votado de la historia del Brasil (13.273.880 votos). Se enfrentaba a las ministras Marina Silva —símbolo de la defensa del medio ambiente— y Simone Tebet —excandidata a presidente. Defensor del modelo de seguridad pública aplicada en El Salvador por Nayib Bukele, según la revista brasileña Piauí, el recién electo senador ya fue investigado por más de diez homicidios. Cuando era policía, fue expedientado y retirado del cuerpo policial del que formaba parte por exceso de letalidad. El político pertenecía a la temida ROTA, un grupo especializado de la policía estadual, temido en la periferia de las ciudades paulistanas por la extrema violencia empleada en sus actuaciones.
El caso de los gobernadores estaduales electos no es menos desastroso para la izquierda. El PL de Bolsonaro ganó cinco Estados; el PSD, cuatro; el PT y Republicanos, tres cada uno; el PP, dos; mientras que el MDB, el PSDB y Podemos, uno. Lo más importante aquí es resaltar que el PL no sólo recondujo al Gobierno a Tarcísio de Freitas en São Paulo —el estado más importante del país con 62,65% de los votos, contra el candidato del PT y exministro de hacienda Fernando Haddad con 36,42%—, sino que además salió ganador en el estado sureño de Paraná, con el exjuez Sergio Moro, encargado de llevar Lula da Silva a la cárcel con un procedimiento controvertido típico de lawfare.
En el caso de que Flávio Bolsonaro gane el balotaje, la primera preocupación recae sobre la ruptura institucional que afectaría el Supremo Tribunal Federal (STF). Con muchos de sus magistrados empañados en supuestos los escándalos de corrupción del caso “banco Master”, el órgano superior de la judicatura brasileña será presa fácil del chantaje bolsonarista. Si hace más de seis años el Supremo erró al avalar la detención sin pruebas del presidente Lula da Silva, el 8 de enero de 2023 estuvo inevitablemente al lado de la legalidad constitucional, en el que fue el último intento fallido de golpe en contra de los tres poderes de la República.
Los magistrados Alexandre de Moraes y Flávio Dino serán los dos objetivos principales de la furia de la extrema derecha en contra del Tribunal. El primero por haber sido el ponente de la causa que llevó a Jair Bolsonaro y sus aliados golpistas a la prisión. Y el otro por haber sido, cuando todavía era Ministro de Justicia, uno de los artífices de la resistencia al intento de golpe de Estado en Brasilia.
Los otros magistrados menos expresivos, aún no alineados con el bolsonarismo, serían fácilmente domesticados por la ultraderecha, dado que les falta sólo cinco votos en la cámara para alcanzar el número suficiente para abrir un procedimiento del impedimento de un miembro de la Suprema Corte. La idea de los bolsonaristas es renovar a su gusto el Tribunal, con el objetivo de nombrar en la próxima legislatura por lo menos a cinco de los once miembros que componen el Supremo. Sin Lula da Silva en la presidencia no habría ningún defensor de la legalidad democrática del maltrecho Tribunal ante las embestidas de un Gobierno revanchista.
El otro gran aliado de Bolsonaro es el mercado financiero que ya apuesta todas sus fichas en la victoria del PL en la segunda vuelta. Los activos brasileños se dispararon el lunes 6 de octubre tras las elecciones. La Bovespa abrió con el 9% de subidas, las acciones de Petrobras subieron 9%, el bono con vencimiento en 2056 subió 1,4 céntimos por dólar. Para Antonina Terassiouk, directora de Reams Asset Management, la victoria de Bolsonaro en la primera vuelta ha sido una buena sorpresa. Los inversores consideran que el candidato de la oposición tiene más posibilidad de aplicar el ajuste fiscal que el actual presidente. El aumento de los gastos en programas sociales por parte del Gobierno alimentó en el mercado las dudas sobre su capacidad en contener el déficit en las cuentas públicas.
El mercado financiero no es el único agente no democrático que juega un papel importante en la disputa. Se ha revelado que las llamadas big techs han interferido en las elecciones para beneficiar al candidato opositor. La campaña del candidato oficialista denunció a Meta (Facebook, Instagram y Whatsapp) alegando que el perfil de candidatos de la izquierda, incluso el del presidente, desapareció repentinamente del buscador de Instagram. En un país en dónde miles de millones de electores deciden su voto en los días previos a las elecciones, la intervención de estas compañías en sus redes sociales a favor de uno de los candidatos puede ser decisiva para condicionar el resultado final de la contienda.
Aún sin un resultado electoral definitivo, la victoria parcial del candidato de la oposición ya ha provocado un ruido de fondo también en la esfera internacional. Donald Trump, que antes de la primera vuelta había asegurado que seguía con mucho interés las elecciones en Brasil, ha felicitado inmediatamente la gran victoria del candidato oponente. Javier Milei hizo lo mismo al saludar rápidamente al ganador en Brasil. Pero entre todos los mandatarios extranjeros entusiastas con la victoria de Flávio Bolsonaro, la declaración más inusitada fue la del presidente de Austria, Gunther Fehlinger, quien ya invitó a Flávio Bolsonaro a abandonar los Brics. Como gesto de buena voluntad entre su país y Brasil, Fehlinger prometió construir en Viena una estatua de la ilustre representante brasileña de la casa de Habsburgo, María Leopoldina de Austria, antigua emperatriz regente de Brasil. Ello representa no sólo un recuerdo incómodo para los brasileños, propio del supremacismo colonialista de la extrema derecha europea, sino además un guiño al pequeño grupo de monárquicos brasileños que apoyan incondicionalmente al retorno del bolsonarismo a la presidencia del país.
Ante a ese cuadro, la pregunta es si la extraordinaria capacidad política del actual presidente puede movilizar a la sociedad brasileña para conseguir una difícil remontada en un terreno de juego tan adverso.
Brasil es la mayor democracia de Latinoamérica, con un sistema moderno de urna electrónica que confirió los resultados electorales finales en poco más de cuatro horas. Según los datos del Tribunal Superior Electoral (TSE), el país tiene 158.745.502 electores aptos para votar. En primera vuelta acudieron a las urnas 125.275.836 electores, de los cuales 2,3 millones votaron en blanco (1,84%) y 3,6 millones votaron nulo (2,93%). Sin embargo, un número significativo de electores prefirió la abstención, nada menos que 33 millones (21,08%). Los candidatos con alguna relevancia que no obtuvieron votos para pasar a la segunda vuelta fueron los conservadores Augusto Cury, Renan dos Santos y Ronaldo Caiado. Juntos sumaron 8,7 millones de votos.
De momento, el exgobernador del Estado de Goiás, el ultraconservador Ronaldo Caiado y el escritor Augusto Cury optaron por apoyar incondicionalmente la candidatura opositora. Aunque la transferencia de votos entre candidatos conservadores no sea total, por la cercanía ideológica de los tres contendientes, es de suponer que la mayoría de los electores de Cury y Caiado optarán por Bolsonaro.
El análisis frío de los datos y la matemática de los votos arroja una suma envenenada para Lula: no solo necesita revertir la diferencia de 2,2 millones de votos en favor de la derecha, sino atraer para su candidatura una parte considerable de los 8,7 millones de los tres principales candidatos conservadores.
Los números adversos podrían alentar pocas esperanzas en las filas de la izquierda. Pero el viejo zorro de la política brasileña no se da por vencido. Él sabe que la única forma de volver a ganar pasa por cambiar el difícil cuadro de abstencionismo, que mayoritariamente afecta a su electorado: la franja más joven, la más pobre y las personas mayores de 70 años. La tarea más complicada de los próximos días será convencer a los abstencionistas a ir a las urnas el 25 de octubre próximo a dar un voto no sólo por la permanencia del actual presidente, sino para salvar el país de la barbarie de una extrema derecha poderosa y revanchista, que tiene por objetivo continuar el trabajo interrumpido hace cuatro años, que es retroceder en los avances logrados por la sociedad brasileña en las últimas décadas de gobiernos progresistas. Para ello, en la misma noche electoral el presidente Lula ha llamado a sus seguidores a salir a la calle para buscar todos los votos que le faltan para ganar el balotaje. En caso de lograrlo, sería la primera vez que un candidato que pierde la primera vuelta gana en la segunda desde que existe el actual sistema electoral en Brasil. Para ganar necesitaría instalar en el país un movimiento nacional de contención del avance de la extrema derecha, algo improbable, pero no imposible.
Quizás las dificultades de fondo del presidente tengan mucho que ver con el hecho de que, por más que intentara, durante sus últimos cuatro años al frente del ejecutivo no pudo elaborar una clara política que hiciera frente a la crisis del modelo neoliberal que sostiene la ola reaccionaria mundial. Su desaprobación (según Data Folha roza al 45%) refleja la debilidad estructural que afecta su candidatura. Pero todos los progresistas saben que tanto internamente como para enfrentar el difícil contexto internacional, la continuidad de Lula da Silva en la presidencia es el último dique de contención al poder total de la extrema derecha en el país.
La tarea urgente de Lula da Silva es liderar un frente democrático capaz de congregar no solo sus fieles, sino también aquellos que quieran defender una agenda de mínimos garantizada por la constitución de 1988. La prioridad es seguir avanzando con las conquistas adquiridas en los cinco mandatos progresistas.
Las manifestaciones de apoyo al viejo presidente se multiplican como un tsunami democrático que alienta las esperanzas de la izquierda. Ese nuevo elemento puede alterar la dinámica electoral, ya que es una respuesta juvenil, politizada, espontánea e inesperada que tiene por objetivo parar a la extrema derecha y dar victoria a Lula da Silva. Todo empezó cuando el 6 de octubre los estudiantes de la Universidad Federal Fluminense (UFF) salieron en tromba a las calles de la ciudad de Río de Janeiro en defensa de la elección de Lula da Silva. La mecha encendida por los universitarios enseguida prendió en los campus brasileños y las concentraciones de apoyo a Lula da Silva se multiplicaron por toda la geografía del país. El movimiento de los estudiantes empieza a ganar capilaridad en otros sectores de la sociedad brasileña. El pasado domingo 11 de octubre ha conseguido algo impensable hasta ahora: promover la mayor concentración pública por una candidatura presidencial jamás vista en la Avenida Paulista de la ciudad de São Paulo. En seguida, el 12 de octubre en la playa de Copacabana de la Río de Janeiro se ha producido otro gran acto de la izquierda con gran significación política para el Estado reducto del bolsonarismo. Además, los jóvenes han decidido hablar directamente con las personas indecisas (hacen mítines en el metro para los viajeros) y organizan por su cuenta sus grupos en redes sociales para combatir las fake news, creando contenidos políticos de calidad que expliquen la importancia crucial de esas elecciones.
Aunque el corto espacio de tiempo hacia el día de las elecciones juega en contra de las intenciones de los jóvenes, ese movimiento ha traído un aire fresco a la lucha electoral que inunda de esperanza las calles de Brasil. Si “la política es el arte de imposible” la movilización juvenil brasileña apunta a que hasta que no se abran las urnas en la noche del 25 de octubre de 2026 nada está perdido.
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