Por Rogelio López* – Diario Red
La quema de combustibles fósiles está llevando al planeta hacia un colapso que golpea con mayor fuerza a los pobres del mundo, siendo ellos los menos responsables en este proceso
Las imágenes son impactantes. Personas que a la distancia se ven como hormigas corren para ponerse a salvo. Segundos después, una corriente de agua color café las alcanza y arrasa con ellas y con todo lo que está a su paso: camiones, casas, edificios, puentes.
Esta inundación repentina —flash flood— ocurrió en el Valle del Gyrong, un lugar que se promociona como “El Jardín Trasero del Himalaya”, en la región del Tíbet, en la frontera entre China y Nepal. La topografía del lugar se caracteriza por los abruptos desniveles que hacen que se genere una caída vertical que va de los 4,000 a los 1,800 m s.n.m que permite transitar en una distancia relativamente corta de los paisajes de la alta montaña, bosques de pinos hasta selvas tropicales.
Estas características físicas han convertido al lugar en un atractivo turístico y explican, en parte, que entre las personas desaparecidas se encuentren decenas de turistas.
La causa de la tragedia es el desprendimiento de un glaciar. En algunos medios se informó que este hecho estuvo antecedido por un sismo aunque el Servicio Geológico de Estados Unidos —U.S Geological Survey (USGS)— informó que el sismo de magnitud 4.4 en la escala Richter fue provocado por el mismo desprendimiento del glaciar.
Pero esta es una verdad a medias: el verdadero origen de la tragedia se encuentra en el Calentamiento Global del planeta.
Algunos informes establecen que esta región es una de las que más ha resentido el aumento de las temperaturas en el planeta, fenómeno que ha provocado una acelerada pérdida de los glaciares. El IFC —Corporación Financiera Internacional—, organismo dependiente del Banco Mundial, pronosticó que entre 2016 y 2045 la temperatura en Nepal aumentará .9 °C.
Si esta tendencia se mantiene como todo parece suponer, existe el riesgo de que durante este siglo se pierda el 80% del volumen de los glaciares de la cordillera del Himalaya.
Situación que seguirá generando desplazamientos de tierra, avalanchas e inundaciones que no solo tendrán una afectación a escala local, pues su impacto lo resentirá dos mil millones de personas distribuidas en 16 países de Asia, cuya vida depende de los doce ríos que surgen de esta región.
La vulnerabilidad de los glaciares en el mundo ante el calentamiento global
Lo sucedido en China y Nepal no es un caso aislado. Situaciones similares son cada vez más frecuentes en regiones del mundo donde existen glaciares.
El geomorfólogo, Osvaldo Franco, Investigador del Instituto de Geografía, conocedor del tema, nos recuerda en entrevista, para Diario Red América Latina, la vulnerabilidad en que se encuentran todas las regiones del mundo en las que hay glaciares: Norteamérica, los Andes, el Himalaya, los Alpes, entre otras.
Y es precisamente en estos últimos, en la localidad de Blatten, en Suiza, donde el 28 de mayo de 2025 hubo un desprendimiento de un glaciar similar al ocurrido en el Himalaya.
Sin embargo, nos recuerda el geomorfólogo de la UNAM, una diferencia importante entre lo ocurrido en el Valle del Gyrong, en el Himalaya y en los Alpes suizos es que la población de Blatten pudo ser evacuada gracias al monitoreo que llevan las autoridades suizas quienes han instalado la más alta tecnología para este fin, aspecto del que por lo visto se carece en los Himalayas.
El último glaciar en México, a punto de desaparecer
México tampoco está al margen de esta realidad.Franco recuerda que décadas atrás México aún contaba con glaciares ubicados en las cimas de los volcanes más altos.
En 2021, un grupo de montañistas y científicos de la UNAM, colocó una placa en memoria del glaciar Ayoloco desaparecido en 2018 y el cual se ubicaba en el Iztaccíhuatl, el tercer volcán más alto de México.
“Con el calentamiento global avanzando de esta forma, solo es cuestión de unos pocos años para que el último glaciar en México, ubicado en el Pico de Orizaba, desaparezca”, sentenció el también profesor de la Escuela Nacional de Ciencias de la Tierra —ENCiT— de la UNAM.
Parece que hay que ir preparando otra placa y otra ceremonia como la del 2021 para el glaciar Jamapa, el único sobreviviente de los catorce que existieron en la montaña más alta de México.
Menos agua, más metano y más calentamiento global
Franco expresó que uno de los efectos de la desaparición de los glaciares era el impacto que esto tiene en el ciclo del agua, particularmente en la infiltración que se producía a partir de la acumulación del agua en forma de hielo y nieve en las cimas de las montañas.
La infiltración y los escurrimientos, lenta pero constantemente, alimentan los manantiales, cuerpos de agua superficiales y aguas subterráneas.
Sin embargo, la velocidad con la que se está calentando el planeta modifica estos procesos. El deshielo y el reblandecimiento de la tierra pueden provocar caídas súbitas de materiales que alteran procesos que durante siglos habían ocurrido de manera gradual.
Otro de los efectos del deshielo y la pérdida de los glaciares del que poco se habla, es el descongelamiento del permafrost. El profesor universitario no se refiere al permafrost que cíclicamente se congelaba y descongelaba en un mismo año, sino a la capa del suelo en los glaciares y en la tundra —el ecosistema que se encuentra entre la taiga o bosques boreales y los polos— que en algunos lugares permaneció congeladas por miles de años: entre 1000 y 650 mil años, dependiendo el lugar.
Durante todo este tiempo, este suelo funcionó como un sumidero natural de gases de efecto invernadero, pero al descongelarse libera a la atmósfera los gases que permanecieron almacenados durante todos esos años.
Uno de estos gases es el metano —CH₄—, reconocido por ser el segundo gas de efecto invernadero de mayor importancia en el calentamiento global después del CO₂, convirtiéndose en una nueva fuente de emisiones de gases que contribuyen todavía más a aumentar la temperatura del planeta.
Regresando a Mafalda
El desprendimiento de un glaciar en la región del Tíbet, que ha dejado más de mil personas desaparecidas y cientos de fallecidos, me hace recordar un cartón de Mafalda.
La niña que odia la sopa camina por la acera y ve a un par de trabajadores. Uno de ellos cava en el suelo; el otro observa. Mafalda se acerca.
—¿Buscando el orgullo nacional? —pregunta.
El trabajador que cava muestra una cara de desconcierto ante la pregunta de esta niña, mientras el otro responde:
—No, nena, una fuga de gas.
Mafalda continúa caminando. Mientras analiza la respuesta, llega a una conclusión:
“Como siempre, lo urgente no deja tiempo para lo importante”.
Perfectamente podemos usar esta última reflexión de Mafalda del cartón Quino, como marco para abordar el desdén que históricamente se le ha dado al problema del calentamiento global.
Las metas establecidas en el Acuerdo de París, firmado en 2015 para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero causantes del calentamiento global y con ello limitar el aumento de la temperatura global por debajo de los 2 °C, evidentemente no se cumplirán.
Como menciona la ONU en el Informe sobre la brecha de emisiones 2025, lo más probable es que el umbral de 1.5°C se supere en la próxima década (p.XI) y en 2050 rebase los 2°C (p.XX).
El umbral que los científicos décadas atrás advertían que no debíamos cruzar nos ha atravesado.
Y tal como reflexiona Mafalda, las cosas que realmente son importantes para la sobrevivencia de nuestra especie, como es el caso de una gestión responsable del calentamiento global, simplemente ha sido relegada, ignorada e incluso banalizada por los países y las industrias que más generan gases de efecto invernadero.
Solo recordemos que Estados Unidos, junto con China, el país más contaminante y depredador de recursos del planeta, bajo la presidencia de Donald Trump, quien ha manifestado abiertamente que el calentamiento global es una estafa, un mito, una historia para generar angustia en los niños, bajo estos pueriles argumentos abandonó el Acuerdo de París, derogó regulaciones ambientales que limitaban las emisiones de gases de efecto invernadero y ahora abre las tierras federales a la explotación minera y de hidrocarburos.
Al mismo tiempo que interviene en Venezuela y hace la guerra contra Irán para controlar sus hidrocarburos.
Mientras tanto, los “mega” incendios, las “mega” inundaciones, los “súper” huracanes, las sequías “extremas”, el “Super Niño”, etcétera, se han convertido en la nueva normalidad. Normalidad que amenaza con destruir la vida como la conocemos y llevarnos a una catástrofe como especie que termine arrastrando a todo el planeta.
John Bellamy Foster nos advierte que “el modo de producción actual se está acercando a los límites absolutos de su modo de reproducción metabólica social”. La crisis global estructural del capitalismo nos muestra que lo importante ha alcanzado el grado de urgencia.
*Geógrafo y doctor en Urbanismo
