Editor de Other News
Publicamos a continuación una selección de artículos de opinión y editoriales sobre el contundente triunfo de Andrés Manuel López Obrador en la elección presidencial del pasado domingo en México, dada la importancia de este país, el mayor de lengua castellana del mundo y la segunda economía de América Latina después de Brasil.
La Jornada de México:
¡Buenos días, México!
Víctor M. Toledo
Buenos días, país; buenos días, nación; buenos días, México. ¡Cincuenta años nos contemplan! Este salto que el país ha dado tiene su origen en 1968. Ni más ni menos. Lo que soñamos aquella generación de jóvenes en rebeldía por fin se alcanza. Quebrar más de dos siglos de una tradición despótica fincada en la opresión, el autoritarismo y la anti-democracia. La dictadura imperfecta ha llegado a su fin, y surge la posibilidad de construir una modernidad alternativa. Tardamos mucho, pero así son los procesos sociales: sus relojes caminan a un ritmo diferente a los nuestros. A diferencia de muchos patriotas que ya no lo vieron, hoy entono una canción oculta de agradecimiento a la vida. A las fuerzas que me permitieron presenciar este momento histórico. Aquella oscura noche que percibíamos durante nuestras rebeldías juveniles se fue haciendo más y más y más espesa, hasta llegar a este país devastado, que tuvo la prudencia y la paciencia de resguardar sus reservas naturales, sociales, culturales y civilizatorias. Esas sin las cuales la política digna se hace imposible. La resistencia valió la pena; una resistencia que tomó mil formas, pero que al final prendió y se expandió como un incendio venturoso. Treinta millones de votos lo certifican. ¿Cuántos mexicanos pusieron silenciosos su pequeña resistencia, sutil, cotidiana, imperceptible? Nunca lo sabremos. Pero conforme se iban apretando las condiciones terribles de estos 30 años recientes, y la devastadora máquina neoliberal iba dejando una estela de pobreza, destrucción, incomprensión, desesperanza y miedo, también se iban gestando los núcleos de la resistencia social. En México las batallas políticas se fueron transformando en elementales luchas por la supervivencia. La movilización que tuvo lugar hace unos días en decenas ciudades del país contra la privatización del agua es la más reciente expresión de ello.
El gran conductor de este amanecer luminoso es, por supuesto, AMLO. Su reciedumbre tropical, su sensibilidad de dirigente popular, y su fe inquebrantable han colocado al país de nuevo a la vanguardia del mundo. Atina AMLO en construir una nueva nación fundada en lo moral, no en la ideología, el negocio, el progreso, o la tecnología. De sus tantos mensajes enviados en estos meses me quedo con tres. Primero, su habilidad para construir un proyecto de nación a partir no de las teorías y tradiciones intelectuales de la izquierda, sino de la lectura de las realidades concretas y particulares del país, de sus recorridos por su territorio, de sus encuentros con los múltiples actores de un México pluricultural y multiétnico y, por supuesto, del análisis y la interpretación de su propia historia. Como dijo un estratega estadunidense desde Washington, AMLO es AMLO. Lo segundo es su capacidad para combinar pragmatismo con intuición, es decir, su habilidad para ir seleccionando colaboradores que más allá de sus maneras de pensar, sus orígenes, su edad y sus trayectorias, son integrados por su entrega desinteresada, patriótica y noble. Hoy el nuevo gobierno dispone de casi una centena de cuadros dirigentes, mujeres y hombres, de altísima calidad moral y profesional. Finalmente, no puede ignorarse algo que pocos conocen. No obstante ser permanentemente acusado de autoritario por sus contrincantes políticos, AMLO se ha rodeado desde hace casi una década de un equipo de asesores, de creadores e intelectuales críticos con diferentes formaciones y diversas maneras de pensar, a los cuales ha escuchado y con los cuales ha dialogado. Su rol ha sido clave, porque de alguna manera representan, a pequeña escala, la inteligencia del país. Esa que proviene de las universidades, tecnológicos y centros neurálgicos de creación, análisis y discusión. Para quien esto escribe ha sido una experiencia única y de un extraño valor formar parte de ese equipo.
No puede pasarse por alto, por último, que este amanecer ha tenido un elevado costo humano, porque procede de una noche extremadamente trágica. La refundación del país tendrá que hacerse llevando como contexto a los 240 mil mexicanos asesinados y a los más de 30 mil desaparecidos. A los que ya no están, a los que dieron su vida por un ideal y a los que los exterminaron por causas diversas, los nuevos conductores del país deben jurar en su memoria honestidad, pulcritud, valores supremos y una entrega total por el bien común y el de la patria. La república amorosa tiene que ir dejando atrás tanta ignominia mediante la construcción de un país que requiere con urgencia atender a millones de mexicanos, especialmente jóvenes, que han quedado marginados por décadas. Todo está por hacerse. La luz de un nuevo sol se despliega lentamente y nos baña de esperanza. Que los destellos de este amanecer nos alcancen a tod@s.
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AMLO, en la transición – Editorial
Tras su abrumador triunfo en la elección presidencial del domingo anterior, Andrés Manuel López Obrador, postulado por la coalición Juntos Haremos Historia, integrada por los partidos Morena, del Trabajo (PT) y Encuentro Social (PES), se encamina, de manera sorprendentemente tersa, a ser declarado presidente electo y comienza desde hoy las tareas de una transición gubernamental delicada, por cuanto habrá de marcar el tránsito entre dos proyectos políticos y económicos sustancialmente distintos.
Desde el domingo en la noche, el político tabasqueño recibió una llamada de felicitación del presidente Enrique Peña Nieto y acordó con él un primer encuentro para ayer en Palacio Nacional a fin de definir las modalidades de la entrega del poder.
Tanto el candidato triunfador como el mandatario en funciones deberán mostrar mesura, prudencia y, sobre todo, un cabal entendimiento de sus respectivas posiciones a fin de evitar confrontaciones por aspectos de naturaleza polarizante que los han enfrentado desde finales de 2011, particularmente, las llamadas reformas estructurales.
Peña Nieto tiene la facultad de ejercer el poder presidencial hasta el último día de su periodo, pero deberá abstenerse de cualquier tentativa de acotar, mediante acciones postreras, las potestades de su sucesor; éste, en cambio, debe otorgar al jefe de Estado saliente el margen para que cierre su administración sin cortapisas y, al mismo tiempo, asegurarse de que la suya podrá arrancar libre de designios transexenales. Cabe esperar que ambos tengan la voluntad política de operar una transición fluida.
Llama la atención, por otra parte, la rapidez con la que se despejan algunos de los temores más acendrados que ha generado la victoria electoral de López Obrador, empezando por la estabilidad de los mercados financieros; lo cierto es que éstos han respondido con naturalidad al triunfo del ex jefe del Gobierno capitalino y han reaccionado de manera positiva a los mensajes tranquilizadores del morenista y de su equipo económico.
Un punto crítico en el que se entrelazan los aspectos político y económico, es la relación con Washington y, particularmente, la renegociación en curso del Tratado de Libre Comercio de América del Norte, la cual ha enfrentado escenarios inciertos tanto por la volubilidad y la prepotencia características del presidente estadunidense, Donald Trump, como por el cambio de gobierno en México.
Sin embargo, la tensión en este terreno cedió rápidamente, tras la conversación telefónica entre el huésped de la Casa Blanca y el político tabasqueño, tras la cual Trump ofreció que tendrá una muy buena relación con las nuevas autoridades mexicanas.
El asunto se distendió también por el anuncio de López Obrador de que respetará y apoyará al gobierno actual en la negociación para que pueda firmar el acuerdo y se logre una buena negociación en beneficio de México.
Por lo demás, los resultados de la elección del primero de julio tienen implicaciones tan amplias y trascendentes en tantos ámbitos que sería imposible explorarlas todas en este espacio. De seguro ocuparán la reflexión y el análisis en los días, semanas y meses próximos.
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¿Y ahora?
Gustavo Esteva
Ocurrió lo esperado, pero de manera sorpresiva y sorprendente.
Lo más sorprendente es que se instalaron casi todas las casillas y se realizó la votación en forma pacífica, en uno de los procesos electorales más violentos de la historia del país, en un país destrozado por la violencia y bajo amenazas de enorme brutalidad que se manifestaron hasta el 30 de junio.
Tardaremos en saber por qué. Es posible que sea una de las dimensiones de lo que parece un hecho: el hartazgo de amplias capas de la población se expresó yendo a votar y haciéndolo por AMLO. El mismo descontento generó gran participación ciudadana en la vigilancia y organización de las votaciones. El aparato oficial no logró los votos ni echar a perder la jornada. No quiso o no pudo.
No parecía previsto en el ritual que los candidatos perdedores aceptaran tan rápidamente su derrota. El espectáculo que ofrecieron el INE y el Presidente fueron largamente ensayados: era un guion establecido. El discurso de AMLO, sobrio y preciso, tenía los elementos que había pensado por décadas. Consolidaron así el ritual largamente preparado. Los rituales generan las creencias, no al revés.
Se generó una creencia muy general de que el procedimiento electoral funciona. No había confianza en él; la gente lo sabía amañado. Las infinitas trampas de esta ocasión confirmaban el prejuicio general. El ánimo de millones que vencieron sus reservas tendrá consecuencias.
Se generó una doble ilusión: que la mera agregación estadística de apuestas individuales puede formar una voluntad colectiva, y que este procedimiento puede producir el cambio que la gente quiere y necesita. Al mismo tiempo, se expresó un ánimo colectivo de rechazo al gobierno y a sus políticas que será una presión continua sobre el nuevo gobierno y puede manifestarse en otras formas de acción política.
Votaron alrededor de 56 millones de personas. Quienes lo hicieron por AMLO representan menos de la tercera parte de los electores, la quinta parte de los habitantes. No se trata de una anomalía, sino de la norma. Los presidentes estadunidenses son elegidos regularmente por no más de 25 a 30 por ciento de los electores. Esto es la democracia de representación: una minoría elige a los gobernantes y una minoría exigua toma todas las decisiones importantes.
El discurso de AMLO expresa bien los límites de lo ocurrido. Planteó con claridad el compromiso que le permitió llegar: la primera libertad que mencionó fue la empresarial. Ofreció claras garantías de que no tocaría los intereses del capital. Se propone un cambio profundo… pero sin modificar el carácter del régimen dominante.
Cunde la exageración: que triunfó un candidato de izquierda, que se abre en México la oportunidad de cambio más importante de los últimos 100 años… Cuando no se trata de optimismos desbordados, forman parte de las presiones que se ejercen para maniatar al gobierno. El presidente de la Coparmex declaró de inmediato su apoyo a AMLO en el combate a la corrupción y su plena oposición a cualquier cambio en las llamadas reformas estructurales, en particular la laboral, la energética y la educativa. No será fácil para AMLO cumplir las modestas promesas que hizo en este campo.
No es mero gatopardismo: que todo cambie para que todo siga igual. No cambiará todo y habrá, sin duda, cambios importantes. Habrá, por ejemplo, una recomposición de fuerzas políticas que abre oportunidades inesperadas. Desde 2000 el PRI se convirtió en una coalición inestable de mafias. Se ha roto la coalición y no podrá restablecerse. Las mafias han quedado sumamente debilitadas, porque carecerán de los respaldos federales y estatales que facilitaban su operación. Otros elementos de la correlación de fuerzas de han modificado. Iniciativas como la de El día después, anunciada por Diego Luna, muestra la madurez de amplios sectores de la sociedad civil, que saben que el cambio que la nación necesita no sucederá si no nos involucramos, si no participamos (Proceso, 24/6/18).
En este momento de peligro, a escalas nacional y mundial, los empeños que desde abajo se han realizado para reconstruir el país, especialmente por quienes no piensan que los cambios significativos y necesarios puedan venir de arriba, tendrán impacto decisivo. Una de sus tareas más importantes será enfrentar con buen juicio la peligrosa desmovilización que se producirá en quienes celebran hoy el triunfo de AMLO con la convicción ilusoria de que hicieron ya su tarea –votar por él– y ahora toca al líder resolver todos los problemas. Esa desmovilización se combinará con el desmantelamiento de organizaciones y movimientos cuyos dirigentes se incorporarán al gobierno, con la ilusión de impulsar ahí las causas que defienden. Son obstáculos muy serios, de muy graves repercusiones. Pero no son suficientes para detener el impulso de transformación que apareció a ras de tierra el primero de julio y va mucho más allá de esta fecha.
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Página12, Argentina:
López Obrador, el persistente
Por Juan Manuel Karg*
La tercera fue la vencida: Andrés Manuel López Obrador es el presidente electo de México, tras una campaña en la que encabezó las encuestas de punta a punta y arrasó en votos en casi todo el territorio nacional. No pudo el PRI, como hizo a principios de siglo, relevar en el PAN el poder político a la espera de poder contrarrestar la creciente influencia de AMLO. Por eso ahora el histórico partido mexicano, omnipresente durante gran parte del siglo XX en diversas variables de gobierno, entrará en una profunda crisis, tras un gobierno de Peña Nieto que será tristemente recordado: los 43 de Ayotzinapa, el Gazolinazo, la creciente pobreza y desigualdad, el desaire de Donald Trump en público por un muro que el priista nunca llegó a condenar del todo y una lista que sigue.
AMLO desplegó un repertorio que en política suele dar buenos resultados: la persistencia. Emuló el camino de Luiz Inácio Lula da Silva en eso –el brasileño perdió tres elecciones antes de llegar a Planalto; el tabasqueño dos, ambas sospechadas de fraude por la comunidad internacional– pero también en un notorio corrimiento al centro político. ¿Anula eso que Morena, su propio partido fundado tras su salida del PRD, tenga un programa profundamente transformador? En absoluto. La tensión estará puesta entonces en su capacidad de maniobrar en una economía fuertemente transnacionalizada, dependiente del TLC con los EEUU de Trump, y también en el manejo de la grave situación social y de seguridad. Tendrá que tomar de Morena su ideario radical, de ir a la raíz de los problemas, tal como sentenció en su cierre de campaña en el mítico Estadio Azteca, allí donde Diego Armando Maradona levantó la Copa del Mundo en 1986.
La historia guardará para siempre aquella foto de fines de 2006, cuando AMLO se puso simbólicamente la banda de presidente ante el escandaloso fraude consumado por Fox y Calderón, ambos del PAN. Antes habían intentado inhabilitarlo por los logros que había conquistado en su gestión en la Ciudad de México: baja tasa de desocupación (4.25%), disminución de la tasa de homicidios (de 9 a 7 por cada 100 mil habitantes), y una creciente inversión social, destinada a programas de pensión para jubilados, comedores comunitarios, becas para jóvenes y nuevas universidades públicas. Otro de los desafíos de AMLO será poder demostrar parte de esos logros en un México arrasado por la desigualdad, la violencia y el narcotráfico: para ello lo eligieron mayoritariamente los jóvenes, siendo el candidato más veterano de los que competía.
Por último, el triunfo de AMLO pone un parate contundente a la teoría de “fin de ciclo” de los gobiernos nacional populares, progresistas y de izquierda en la región. El propio Peña Nieto era divulgador del “no hay alternativa” a las políticas neoliberales, ortodoxas, en una línea discursiva que luego tomaron Macri y Temer. La historia está demostrando, ante nuestros ojos, que los propios mexicanos si han aportado a una alternativa -veremos su profundidad al andar- para salir del actual estado de cosas. Por eso ni siquiera caló la campaña de “con AMLO México será Venezuela”: ¿cuánto se puede asustar con un afuera complicado cuando adentro los traumas son similares o incluso mayores?.
AMLO, el persistente, llegó a Los Pinos doce años después, en una América latina que no es la misma. ¿Ayudará su elección a la creación de una “nueva oleada continental”, al decir de Alvaro García Linera? Es la pregunta que hoy se hace tanto la izquierda como la derecha continental. Con persistencia, podrá suceder.
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* Politólogo UBA / Magister en Estudios Sociales Latinoamericanos
EL PAÍS, España:
Giro a la izquierda – Editorial
El enorme triunfo de López Obrador augura un profundo cambio en México
Andrés Manuel López Obrador ganó con rotundidad las elecciones del domingo en México. El tsunami de votos que le ha llevado a Los Pinos (30 puntos de diferencia sobre el siguiente candidato) tiene su origen en el indudable hartazgo de muchos mexicanos con la corrupción y la inseguridad que ahogan al país desde hace décadas y que los partidos del régimen que se habían alternado en el poder (PRI Y PAN) se mostraron incapaces de atajar, cuando no fueron cómplices en su extensión.
Esa avalancha de voto popular anticipa una liquidación más o menos ordenada de ese régimen y deja a López Obrador con un amplio margen para conformar el futuro de la segunda economía de América Latina. Por primera vez desde que México comenzara a celebrar elecciones libres, alguien a quien la izquierda considera su representante más nítido alcanza la presidencia, con un claro programa de cambio social.
En los más de 40 años que lleva en política (algunos de ellos en las filas del PRI), López Obrador se ha distinguido precisamente por ese activismo social en un país plagado por las desigualdades. Ello, junto con su calculada ambigüedad en asuntos económicos durante la campaña, había suscitado no pocos temores y acusaciones de que su mandato podría acabar descalabrando a México por una espiral de gasto desbocado y crisis financiera.
Resulta por ello muy significativo que entre los primeros mensajes que el presidente electo se apresuró a transmitir en su primer discurso el domingo por la noche figurase el compromiso de respetar la autonomía del banco central. A ello se sumó otro en la misma línea de tranquilizar a los actores económicos nacionales y extranjeros: pese a la necesidad de buscar reacomodos en los Presupuestos tras el masivo voto por el cambio del domingo, el futuro presidente se comprometió a no aumentar la deuda, así como mantener la ortodoxia financiera.
Pese a los contrastes, México es una sociedad moderna y vibrante. Muchos en el país (y fuera) temen que el triunfo indiscutible de López Obrador ponga en riesgo las frágiles instituciones que los mexicanos se han esforzado en levantar desde los cimientos.
La debilidad en la que quedan los partidos derrotados augura no solo una profunda reorganización del tablero político, sino también un periodo de debilidad forzada en su labor de oposición y fiscalización del poder. Los mexicanos aprecian sus instituciones (como el instituto electoral que ha garantizado la limpieza de estos comicios) y tolerarían mal cualquier retroceso, especialmente en la independencia judicial o la libertad de prensa.
Es alentador que el futuro presidente (solo asumirá el cargo el 1 de diciembre) haya hecho referencia expresa a todas estas sombras de su campaña: abogó por la “reconciliación” de todos los mexicanos, prometió defender y ampliar las libertades individuales y sociales, y respetar las instituciones. Habrá “cambios profundos”, pero serán siempre dentro de la Constitución y las leyes. El enigma López Obrador comienza a desvelarse. Solo cabe desear que el resultado redunde en un México más igual, más rico y más libre.
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El Clarín y El Ciudadano, Chile:
Oxígeno para la Izquierda latinoamericana
Por Manuel Cabieses Donoso
La clamorosa victoria de Manuel López Obrador en México, el primer triunfo de un candidato de Izquierda en la historia de ese país, constituye el inicio de un nuevo ciclo en la lucha social y política de América Latina. Los más de 20 millones de López Obrador el 1 de julio estuvieron precedidos por los 8 millones de votos de Gustavo Petro en las elecciones del 17 de junio en Colombia. Un segundo lugar también histórico que entrega a la Izquierda colombiana la responsabilidad de impedir las intenciones belicistas contra Venezuela del gobierno oligárquico Duque-Uribe y de preparar la definitiva victoria popular en cuatro años más.
Es simbólico que el triunfo de López Obrador se produzca a pocas horas de la gira de Mike Pence, vicepresidente de EE.UU., por Brasil, Ecuador y Guatemala, comprando voluntades para un cuadrillazo contra Venezuela.
López Obrador ha sido claro en señalar que México retornará a su tradicional y respetada política internacional de no intervención en los asuntos internos de otros países y de respeto a la soberanía de los Estados. Esa definición constituye por si misma una valiosa defensa de naciones que hoy se ven acosados por el imperialismo como Venezuela, Cuba, Bolivia y Nicaragua.
La política internacional del presidente López Obrador debilitará de modo irremediable al Grupo de Lima que pastorea EE.UU. Las elecciones en Colombia y México, el insignificante apoyo a Temer en Brasil y el deterioro del gobierno de Macri en Argentina, obligará a los miembros del Grupo de Lima -entre ellos Chile- a repensar su actual obediente beligerancia contra Venezuela.
Por supuesto, esto hace del actual periodo -hasta la toma del poder por López Obrador el 1 de diciembre y las elecciones de octubre en Brasil- el tramo más peligroso para Venezuela. Es ahora cuando se debe incrementar la solidaridad con la patria de Bolívar para mantener a raya la agresividad imperial.
Tanto López Obrador, admirador de Salvador Allende, como el ex guerrillero colombiano Gustavo Petro, admirador de Hugo Chávez, son líderes de una Izquierda moderada y prudente. No podría ser de otra manera dada la experiencia histórica contemporánea. Sin embargo eso no quita un adarme a la impresionante acumulación de fuerzas sociales y políticas alcanzada en Colombia y México.Millones de voluntades respaldan ambos proyectos. Su eje rector es la luchacontra la corrupción, el narcotráfico y el crimen organizado que se han adueñado de ambos países. Se trata de derribar barreras oligárquicas y mafiosas para asegurar el paso a conquistas de justicia social permanentes.
La tarea que tendrá el gobierno de López Obrador para desmontar el aparataje mafioso del poder y enfrentar las provocaciones del gobierno de Trump, obligan al pueblo mexicano a protagonizar una nueva revolución.
Los acontecimientos políticos de Colombia y México inyectarán oxígeno y sentido de responsabilidad histórica a la diezmada Izquierda latinoamericana.
En el caso de Chile, sus lecciones ayudarán a levantar una alternativa social y política que represente a la mayoría del pueblo. Las experiencias del Movimiento Regeneración Nacional (Morena) en México y del Movimiento Progresistas en Colombia, señalan que se debe rescatar el quehacer político del reducido ámbito del Parlamento para llevarlo a las casas, los barrios y poblaciones del país. Los bloques sociales y políticos que se conformaron en México y Colombia en 2011 exigieron tiempo y paciencia para levantar liderazgos nacionales basados en intachables honestidad y consecuencia. Es lo que necesitan países como Chile en que la política y los partidos, los poderes institucionales, las fuerzas armadas y policiales, y la empresa privada, seencuentran carcomidas por la corrupción y el abuso contra las mayorías.

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